Réquiem para un Policía...


Cada vez que muere un Policía, la hipocresía hace cumplir con las honras fúnebres estipuladas por el reglamento, nada más que para corresponder con la norma, porque una vez culminada la ceremonia ya nadie se acuerda del héroe muerto, de la esposa, de sus hijos ni de sus camaradas que deben continuar en desventaja enfrentándose a diario con la delincuencia.

Durante la ceremonia se despiden los restos y corrientemente se comienza diciendo, una vez más... Si, una vez más, pero cuantas veces será, una vez más.

Lamentablemente serán muchas. No importa si hay guerra o hay paz; si hay orden interno o desestabilización; si la situación económica imperante es buena, mala o regular; si el índice de desocupación sube o baja; si el grado de corrupción policial es alto o bajo. Siempre habrá un Policía que pondrá su pecho descubierto a las balas de aquellos que intentan afectar a nuestra sociedad, dejando una esposa sin marido, un hijo sin padre, una Institución enlutada.

Probablemente la noticia será recogida por algunos medios, esencialmente para cubrir algún espacio libre, siempre y cuando no afecte las vaguedades del imperio del arte de la desinformación o del escarnio y de la mofa ridícula que siempre se ensaya de nuestra Policía y sus hombres, vaya uno a saber, bajo que intereses.

Tanta gloria llevan en sus muertes los Policías, que a pesar de la falta de reconocimiento social por sus entregas, imponen -por encima del deber- seguir incansablemente luchando contra la delincuencia, por la paz social y la seguridad del pueblo, del cual somos y nos nutrimos, aunque algunos hipócritas, piensen que nacemos de un repollo, que no somos humanos y que pertenecemos a una raza inferior. La noticia, a estos señores, seguramente, les dibujo una sonrisa en sus rostros, por la tirria y mórbida fobia que poseen por el hombre de azul.

Descansen en paz hidalgos bizarros, que el azul de vuestros uniformes no destiñe; y aquellos execrados; que vituperan a los duchos, amilanan a los gallardos y dilapidan en superfluas y fláccidas normas; llevaran sobre sus espaldas la gran carga de haber utilizado a la sociedad bonaerense como conejillos de la india en un macabro experimento que profundizó y agravó la inseguridad en la Provincia.

Y NOS SIGUEN IGNORANDO

La larga lista de policías asesinados sigue incrementándo, en estos momentos, probablemente, algún otro Policía esté ofreciendo su vida en defensa de nuestra Sociedad e ingresando "en las huestes de los gloriosos hombres que ennoblecen a las Instituciones Policiales".

A pesar de tantas muertes e irreparables pérdidas, los distraídos de siempre siguen desconociendo al "individuo policía" como un ser humano, parece que fuéramos seres abyectos, robots descartables, y que nuestras familias son costras que no necesitan ni siquiera del pésame compungido y verdadero de aquellos que desde el poder nos mandan.

Es fácil responsabilizar a una Institución y a sus hombres, carentes de los instrumentos y medios representativos para su defensa y que permitan poner en conocimiento de los ciudadanos las verdaderas causas que originan su desprestigio. Por eso niegan e impiden la agremiación policial. De esa manera podrán seguir desinteresándose de las viudas y de los huérfanos de los uniformados; así nadie se ocupará de las carencias del policía, de su bienestar laboral, de canalizar sus reclamos y sugerencias. Seguirá siendo el único ser obligado por Ley a poner en riesgo su vida sin el debido reconocimiento; el único ser que cuando sale de su casa se despide de su familia rogándole a Dios que le permita regresar vivo a su hogar y no en un cofre de madera, implorándole también al Señor, que sus esposas e hijos vuelvan a recibir de sus propias manos el magro sueldo y no de manos de falsos apenados una bandera y una gorra como dádiva por el deber cumplido.

El cielo se está colmando de héroes policiales, por eso, el azul de sus uniformes será cada vez mas fuerte y la sangre derramada fortalecerá aun más a la familia policial, pese a que el llanto y el dolor humedezcan con lágrimas nuestros rostros.

Juan de Dios González



GALERIA DE HONOR

El primer mártir policial

Cuenta el comisario (R) D. Ricardo Antonio Grajirena en su historia de la “Policía de Buenos Aires” que el “primer caído en cumplimiento del deber”, de nuestras fuerzas policiales, fue el alguacil don Domingo de Guadarrama, quien el 11 de Abril de 1614 ha sido designado teniente del alguacil mayor Jacobo de Erazo. La misión que le había sido encomendada al alguacil de Guadarrana era la de efectuar pesquisas y detenciones relacionadas con la represión del contrabando, que, como se ha dicho constituía la principal preocupación de las autoridades de la época.

El historiador señala, que en la noche del 18 de Julio de 1615, de Guadarrana fue sorprendido “en la esquina de Cristóbal Navarro y acuchillado repetidas veces hasta que lo dejaron por muerto”. Pero el deceso no se produjo de inmediato, ya que la agonía duró varios días hasta el 04 de Agosto, en que se produjo el fallecimiento.

Las sospechas del crimen recayeron en Juan Herrero y Juan Fernández de Ortega.

El primero fue detenido y enjuiciado, pero el segundo logró huir de la ciudad, seguramente amparados por los poderosos intereses de las organizaciones que se movían tras este tipo de delitos, en las que tenían cabida vecinos principales, comerciantes e incluso funcionarios de la propia corona. Para dar una idea de lo complicado de este proceso, baste solo recordar la afirmación del comisario Grajirena, quien señala “que el sumario que se instruyera con motivo de las irregularidades por el contrabando, llegó a tener 16.000 páginas”.