OPINIÓN

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“Una concepción arcaica de la función policial, anclada en el pasado y proveniente de regímenes autoritarios, permite reproducir el estancamiento en el proceso de atribución de los policías de los derechos y libertades propias de todos los ciudadanos de los Estados democráticos”

“Solamente aquellos que consideran al policía como la manifestación del poder ante el ciudadano y no como el poder del ciudadano, pueden juzgar al sindicalismo policial como un elemento negativo o perturbador” (del Consejo Europeo de Sindicatos de Policía).

 

 

GRAVE, MUY GRAVE... Publicación de JESÚS SCANAVINO

 

GRAVE, MUY GRAVE…

 

En estas horas se está confirmando un asunto del que se viene rumoreando desde hace un par de meses, y que la Asociación Profesional de Policías de la provincia de Buenos Aires trataba de confirmar o descartar. En el año 2001, época en que gobernaba la Alianza UCR-FREPASO, llega al despacho de la entonces Ministra de Trabajo de la Nación, Patricia Bullrich, un expediente administrativo solicitando autorización para la sindicalización de personal de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Luego de su tratamiento, el gobierno nacional resolvió favorablemente la cuestión y se dictó la resolución ministerial correspondiente autorizando la obtención de Personería Jurídica.

Fue en esos días que se produjo la caída del gobierno que encabezaba el Presidente Fernando De La Rúa. Cuando el Senador Eduardo Duhalde ya es presidente, la tramitación existente para la sindicalización policial es abortada y se finaliza el trámite. El cuerpo del expediente fue mutilado, se arrancó y destruyó la resolución ministerial dictada en favor de los trabajadores uniformados, que estaba agregada como foja útil.

Las organizaciones que desde hace años persiguen ese objetivo, entre ellas APROPOBA y SIPOBA, -este última la iniciadora del expediente en cuestión- hoy están, por su lado, dedicadas a evaluar las posibles vías de acciones futuras. Obviamente en el Ministerio debe existir algún registro donde conste aquella resolución, que a mi modesto entender debería ser la primera diligencia luego de la denuncia pertinente, más la declaración de la ex Ministra de Trabajo y actual Ministra de Seguridad de la Nación.

De confirmarse todo esto, resultaría que la Suprema Corte trató y resolvió sobre un expediente que ya estaba resuelto en la instancia administrativa previa, conforme a derecho y con resolución favorable a la parte actora, situación que evidentemente se le ocultó a la Corte cuando ha pedido informe al Ministro de Trabajo del nuevo gobierno. Va de suyo que si la autoridad ministerial hubiese informado al máximo Tribunal la verdad, en el sentido que ya en el 2001 había sido autorizada la sindicalización policial, a los mismos actores que años más tarde se dirigieron a sus estrados, sin saber de la presunta maniobra fraudulenta que hoy se descubre, sin duda otro habría sido el Fallo.

Mientras tanto podemos comprobar, una vez más, la gran animadversión del ex gobernador Eduardo Duhalde tenía y tiene hacia las mujeres y hombres de la policía de la provincia.

Conocemos los motivos del resentimiento y rencor de este hombre hacia los uniformados, y de lo cual nos ocuparemos más adelante.

10-08-17.

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LA SEGURIDAD EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA

Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

LA SEGURIDAD EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA…

 

En estos días estamos asistiendo a uno de los peores capítulos en la historia de la seguridad de los últimos veinte años en la provincia de Bs As. Para quienes hemos pasado gran parte de nuestras vidas en el servicio policial no es sorpresa. Por distintas vías desde APROPOBA lo veníamos anunciando hace mucho tiempo, sin ser escuchados. El personal en actividad que, a pesar de todo y todos, hacen lo humanamente posible por cumplir con sus obligaciones, muy preocupados por lo mismo, ya no saben en qué idioma, de qué modo, hacer entender a los políticos que en las condiciones actuales ya no se puede seguir.  Hace dos décadas que la seguridad entró en picada. Bastaría con analizar las estadísticas a partir de fines de 1998, año en que comenzaron a registrarse una sucesión de modificaciones en la fuerza policial y en la ley penal de forma, que gravitaron de manera nefasta  en la seguridad de los bonaerenses. Ya no se puede ocultar más.

Los gobiernos de las últimas dos décadas, y especialmente a partir de la asunción del kirchnerismo, cuando a distintos organismos vinculados a la defensa de algunos derechos humanos e instituciones de estudios legales y sociales, se les dio protagonismo, dinero y participación -o poder de veto- en las políticas de seguridad del estado, muy lamentablemente optaron por priorizar la observación y protección de los derechos de los delincuentes, en desmedro de la vida, honra, bienes y derechos del resto de la población. Es innegable. Los hechos  lo demuestran. Se ha construido todo un andamiaje jurídico impregnado de ideología dañina, destinado exclusivamente a reducir al mínimo, de manera peligrosa, las atribuciones de la fuerza policial en la lucha contra el delito; encorsetaron de tal manera a las mujeres y hombres policías, que no puede ni defender eficazmente sus propias vidas.

Ningún político, dirigente de cualquier sector o periodista, se anima hoy a contradecir las “recomendaciones” que tanto el C.E.L.S. como los organismos de DDHH imponen al gobierno en materia penal, como en asuntos relacionados con las fuerzas policiales, so pena de producir acciones fascistas como juicios públicos, escraches, movilizaciones, etc. Por lo tanto, estas entidades son las que, finalmente, deciden las políticas de seguridad.

Todos son funcionales a estas organizaciones. Y parece que tienen que  rendir examen todos los días, en cada reportaje, declaración pública o actuación en los medios televisivos. Es lamentable el miedo que tienen importantes hombres y mujeres del quehacer nacional y de la prensa… Hay que echarle la culpa siempre a los únicos que de verdad, aún con sus falencias, trabajan por la seguridad ciudadana: los policías. Desconocer sus méritos, ignorar sus muertos, abandonar sus heridos, ningunear a los buenos y difamarlos a todos permanentemente. El asunto es ser “políticamente correcto”. Parece que esa es la consigna impartida desde esos lugares de influencia!

Hoy estamos viviendo las consecuencias de políticas pusilánimes, que han puesto a la seguridad en un callejón sin salida. Y vemos a un gobierno -en el que tenemos puestas las esperanza de un cambio real- aturdido, desorientado y desesperado sin saber qué hacer. Toda la fuerza acompaña y apoya la erradicación de la corrupción. Esto no se discute. Pero con batir el parche de las “mafias policiales”, con investigaciones inconclusas, unos pocos uniformados detenidos con pocas pruebas y llamativamente ni un solo civil vinculado a los hechos de corrupción, no se recupera la seguridad. Además es preocupante comprobar la superficialidad con que los poderes del Estado provincial y un amplio sector de la dirigencia en general, tratan de resolver la problemática de la inseguridad. Solamente se promete y se pone en práctica, todo lo mismo que hasta ahora no ha dado resultados favorables. Es una pena porque son vidas las que se pierden todos los días.

El personal policial, en todos sus niveles, sufre hartazgo de ingratitudes, destrato inmerecido, difamaciones y abandono por parte de quienes tienen la obligación de protegerlos y escucharlos. Y que además prometieron cuidar. La reacción lamentable de un Jefe policial en estos días en Lomas de Zamora, que todos vimos por televisión, es apenas una muestra del clima que se vive puertas adentro de la institución policial. Y la solidaridad de toda la familia policial con el Jefe en cuestión es unánime. Dijo la verdad. De muy mala manera, pero la verdad!

Y hay que decir la verdad. Aunque no sea “políticamente correcto”. Y una verdad es que toda persona  detenida y procesada por delitos contra la propiedad con armas o con violencia, en dos o más oportunidades es irrecuperable en la mayoría de los casos. Los hechos lo demuestran. Estas bandas salen a las calles armadas y drogadas, decididos a matar para cumplir su objetivo de robar. El robo, las violaciones y los asesinatos son el medio de vida que eligieron. Y si no matan no es porque no quieren, es porque no pueden. A estos sujetos, para disuadirlos o doblegarlos, es necesario salir a buscarlos, ir al encuentro y arrestarlos. Hay que preocuparlos con lo único que les preocupa: la cárcel efectiva y las balas. Si ofrecen resistencia, oponerles una fuerza mayor a la de ellos y si es necesario hacer uso legítimo y racional de la fuerza del estado; como se dice vulgarmente, “marcarles la cancha”… 

Para ello hay que contar con personal policial rearmado moralmente, protegido y respaldado por la sociedad.  Es de ingenuos, o de mentiroso, decirle a la gente que la inseguridad se combate solo con más patrulleros, con más cámaras, con más motos y con caballos. Los criminales se ríen de los uniformados, a los que saben menoscabados e imposibilitados, y de todo su equipamiento. Los criminales arrugan solo ante policías decididos, que los enfrentan sin temor a la represalia judicial y política, sabiendo que la sociedad está de su lado y serán defendidos del politiqueo barato.

La resolución de enfrentar y frenar a una delincuencia cebada y violenta sin límites, está en el clamor del pueblo que es el soberano. Nuestros representantes en el poder deberían tomar la decisión política y proveer las herramientas legales más eficaces para este tiempo. Los policías solo tienen para  aportar los conocimientos, la mano de obra y eventualmente la vida.

Ahora, si la comunidad y el gobierno piensan mantener una fuerza policial convertida, prácticamente, en un inofensivo cuerpo de Boy Scouts, como la recibiera del gobierno anterior, gastando millones para nada, con su personal temeroso hasta de defenderse, todo esfuerzo que se haga será en vano. Hoy el efectivo que se defiende de una agresión armada se enfrenta a una dramática disyuntiva: la Cárcel, sin miramientos, o el Cementerio, ante la indiferencia de la sociedad que le interesa nada la vida del policía. En estas condiciones podemos anticipar que el objetivo de recuperar la seguridad estará cada vez más lejano. Toda la provincia de Buenos Aires será una amplia zona liberada por el propio estado.

Seguiremos cayendo. Y mientras tanto, los ciudadanos quedaremos notificados que la vida, honra, bienes y derechos de nuestras familias deberemos defenderla por nuestra cuenta y como cada uno pueda.

          14 de junio de 2017.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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HEROICOS DE PRIMERA Y HEROICOS DE SEGUNDA, nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

HEROICOS DE PRIMERA Y HEROICOS DE SEGUNDA

 

No voy a entrar en análisis sobre la procedencia o no de la detención del teniente coronel Emilio Nanni acusado de delitos de lesa humanidad; eso queda para la justicia y sus abogados defensores.

La cuestión de fondo para mí -en éste caso- son las heroicidades de primera y las de segunda.

He notado, por parte de sus seguidores, una exacerbación de sus intervenciones en la guerra de Malvinas y en la recuperación del regimiento La Tablada, lo cual no le quita méritos pero relativiza y categoriza otras obras épicas, otros héroes, otros valientes.

Nanni no ha hecho más que cumplir con el deber del soldado y ha tenido suerte, ha conservado la vida que le permite seguir teniendo protagonismo. Otros héroes no la tuvieron.

Ser militar implica pertenecer a una corporación y todo lo que ello supone, desde la propaganda tendenciosa hasta la victimización estratégica.

Las FF.AA argentinas no han tenido muchas oportunidades de combatir; necesitan nuevos paradigmas, de modo que han de saber explotar a sus escasos heridos en los acontecimientos bélicos de los últimos 40 o 45 años. Guerra de Malvinas y lucha antisubversiva fueron las dos únicas ocasiones de éste período.

De modo que los héroes de primera se construyen, por ejemplo mediante proclamas, denuncias, pedidos de asilo, o mostrándose en los medios para exhibir sus estigmas, sus cicatrices, las huellas del enemigo; en realidad se está vendiendo.

¿Y los héroes de segunda?

Bien, hay por decenas, muertos y mutilados pero no pertenecen a ninguna corporación que los transforme en valientes guerreros sociales. Son los policías.

Este, desgarrado, despersonalizado se va volviendo objeto, atascado en esa muchedumbre uniformada que es también su refugio, su sostén, su escondite. Se va deshilachando en palabras, en sudores, en lágrimas, para terminar siendo un espectro del fracaso, del sacrificio inútil, inconducente; de lo que la sociedad concibe como normal, como la regla general.

Y debo ser honesto con mis convicciones; lo que más me revela es que muchos de los sostenedores de aquellas heroicidades de primera, son precisamente quienes en algunos tramos de sus vidas, pertenecieron a esa pléyade de héroes de segunda. ¿Traidores o imbéciles?, para mí ambas cosas; porque subyugados por las subjetividades han perdido de vista el pasado.

Por todo ésto es que hace un par de días dije: "que entre las veleidades de héroe de Nanni y la humildad moral de García García, me quedo con éste".

Cuando digo humildad moral, no lo hago en términos de carencia; al contrario, lo que quiero decir es que un principio moral en el humilde servidor público que termina abatido, adquiere una relevancia que está por encima de cualquier valoración, o de cualquier personaje construido a la medida de las necesidades institucionales; por lo menos para mí.

La heroica intervención en un suceso que termina siendo la base de fundamentos extraños al mismo, desnaturalizan el valor superlativo de la entrega y se empieza a parecer mucho a la cobardía.

6 de mayo de 2017.

 

Hugo Alberto Vaccarezza

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RECONCILIACIÓN, nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA, Secretario de Asuntos Laborales de APROPOBA

 

RECONCILIACIÓN

 

No entiendo ésta sorpresiva y novedosa posición de la Iglesia. En lo que el episcopado Argentino denomina como una nueva cultura del encuentro, dice que los obispos van a iniciar un proceso de reflexión/meditación sobre "los hechos ocurridos en la dictadura".

Me pregunto, ¿antes no lo hicieron, o si lo hicieron cuáles fueron las conclusiones?, bastaría con que las saquen del archivo y nos las hagan conocer, a menos que en esa época hayan mirado para otro lado, en cuyo caso meditar, hoy no tendría demasiado sentido, solo el de la manipulación hipócrita.

La Iglesia cree que reconciliar ánimos tiene el mismo significado o equivale a una de sus prácticas más habituales en el dogma de la fe; así, "reconciliar" significa - para ésta - restituir a alguien que se había separado de su doctrina; oír una breve o ligera confesión; bendecir un lugar sagrado por haber sido violado o confesar culpas ligeras, según la definición de la RAE.

Reconciliar ánimos, es mucho más que eso y efectivamente depende de un proceso. Para mí esa conquista no puede descansar en la voluntad de la Iglesia, por el contrario, descansa en las generaciones de descendientes de víctimas y victimarios, los que irán construyendo un acercamiento progresivo o todo lo contrario, profundizarán las distancias y con ello el odio.

¿Cómo puede la Iglesia hablar de reconciliación si no se detiene en el análisis del perdón del ofendido, del perjudicado y de qué manera los inducirá a él, individual y colectivamente?

¿Cómo puede la Iglesia suponer que su acción hará que todo lo ocurrido se cubra con un manto de olvido?, porque sin olvido no hay nada de lo que persigue!!!

¿Saben por qué?, porque perdonar en un acto voluntario, que puede ser inducido por factores religiosos, raciales, culturales, sociales, laborales, políticos, etc. etc. etc., olvidar no.

Y quizás olvidar o no, sea una de las condiciones más personalísimas del hombre libre, justo y soberano. La Iglesia lo sabe y por eso lo evita, con seguridad el fracaso está asegurado.

4 de mayo de 2017.

 

Hugo Alberto Vaccarezza

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EL CÍRCULO DE OFICIALES ANTE UN NUEVO DESAFÍO

(Nota de opinión personal y en su calidad de socio activo de la entidad de MIGUEL ÁNGEL REYNOSO, sin que ello suponga necesariamente una posición en determinado sentido de APROPOBA)

 

Como socio activo del Circulo de Oficiales de la Policía de la Provincia de Buenos Aires por un lapso ya bastante cercano al medio siglo y ante la nueva convocatoria a elecciones para la renovación de parte de la Comisión Directiva tanto central como de las filiales tal cual lo establecen las normas estatutarias no puedo dejar de involucrarme no solamente en participar de tan importante acto como de emitir una opinión personal al respecto.

Dos años atrás y en la última elección como socio recibí como noticia alentadora que una nueva propuesta se ponía en marcha a los fines de dar mayor participación en la integración de esa conducción con asociados del interior que verdaderamente llevaran a su seno las inquietudes y propuestas existentes en las distintas filiales y de alguna manera realizar un verdadero cambio a futuro en la renovación de los participantes hasta el momento en la integración de la comisión teniendo en cuenta que a todo nivel de conducción siempre es bueno no solamente la alternancia sino también el recambio de las personas que no deben eternizarse en esos cargos dando oportunidades a que otros asociados participaran conociendo a fondo el manejo institucional y llevando nuevas y mejores propuestas.

Al respecto tímidamente pude ver algún cambio pero el centralismo siguió predominando en la opinión y accionar de nuestra Comisión Central, seguramente por remanentes de la comisión anterior no dispuestos a cambio alguno y que vaya a saber porque motivo ahora nuevamente se proponen para nuevos cargos quizás en la egoísta intención de seguir siendo y de que nadie mas lo sea, de otra forma no termino de comprender semejante interés por no abandonar el sillón que ocupan. Otra vez los mismos, ¿O acaso piensan que entre los cerca de quince mil asociados con que cuenta la entidad no existe alguien que pueda siquiera igualar sus capacidades?

Siempre he pensado que en ésta como en otras instituciones la idea del recambio y de la participación sobre todo de asociados del interior de la provincia no solamente es lógica y de derecho natural, sino también necesaria, como lo es la pronta reforma del Estatuto, la redacción de su reglamentación hasta ahora ausente, la amplia difusión a sus asociados de todas las decisiones que se tomen, el trato igualitario a las filiales y la imposibilidad de que directivos puedan utilizar graciosamente para sí, familiares, amigos y “favorecedores”, como diría algún antiguo aviso comercial, beneficios o instalaciones que otros socios debemos pagar.

En la teoría social de la Edad media la expresión «derecho divino» indicaba la doctrina según la cual un monarca tenía derecho divino a la sucesión hereditaria, derecho que era inviolable. Unida a esta doctrina estaba la idea de que la rebelión contra el monarca era el peor de todos los crímenes políticos y hasta una ofensa a Dios. Se suponía que el súbdito tenía que soportar pacientemente las decisiones de estos monarcas sin posibilidad alguna de participar o hacer valer sus derechos. ¿Será acaso que quienes desean seguir atornillados al sillón que ocupan o uno parecido y con una fija idea centralista en el manejo institucional han asumido como pensamiento que dicho lugar se les ha asignado por “derecho divino” al iguales que los monarcas medievales y piensan también que cualquier otro socio que desee reemplazarlo presentándose a elecciones se trata lisa y llanamente de “un traidor”, como ocurre en estos momentos? ¿Dónde habrá quedado el espíritu democrático y de camaradería que debería alentarnos?

Es posible que estas líneas me hagan ganar la calificación de traidor o algún insulto esporádico como ya ha ocurrido, pero tantos años de defender derechos han curtido demasiado mi cuero para soportar la picadura de algún mosquito que a falta de argumentos valederos utiliza estos pobrísimo recursos de barricada en clara e inútil actitud autodescalificadora.

Mar del Plata, 13 de marzo de 2017.

 

MIGUEL ÁNGEL REYNOSO

Socio Activo del Círculo de Ofls. Policías Pcia. Bs. As.

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DECLARACIONES DE GÓMEZ CENTURIÓN: YO TAMBIÉN VOY A OPINAR A TÍTULO PERSONAL, Nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

YO TAMBIÉN VOY A OPINAR A TÍTULO PERSONAL

 

Lo de Gómez Centurión no es para tanto; simplemente porque no le adjudico ninguna entidad referencial; es un oficial retirado del montón que apenas llegó a mayor en el ejército y en alguna oportunidad se pintó la cara para jugar una puesta en escena, un circo. Su pretendida heroicidad en Malvinas no me consta; una foto con ropas de combate en ese entorno no lo convierte en héroe, en todo caso solo cumplió con el deber del soldado, y si le otorgaron alguna condecoración, todos sabemos como se manipulan esas distinciones entre el personal superior, siempre estarán destinadas a ellos, con excepción del soldado POLTRONIERI cuya valentía y desparpajo despertó la admiración de las tropas enemigas; los ingleses, que intercedieron ante los altos mandos argentinos para que le fuera otorgada la máxima condecoración a que puede aspirar un militar en la guerra, y además no profesional. No tuvieron excusa y nuevamente se rindieron ante el pedido, ésta vez absolutamente legítimo. Héroes verdaderos con destino de gloria son los policías que por mucho menos han muerto en acto de servicio, pero claro; no pertenecen a ninguna corporación militar que los reivindique como una forma de reivindicarse ellos mismos, o los chicos de 18 años que fueron llevados a las islas y murieron sin saber por qué, o los que fueron tomados prisioneros tras la cobarde decisión del general Benjamín Menéndez de rendirse sin condiciones contrariando su propia proclama de morir defendiéndolas. Dicho esto, hago la excepción con APROPOBA que anualmente los recuerda en Mar del Plata.

Gómez Centurión es portador de un reconocimiento, el de haber sido ex combatiente. ¿Qué diferencia hay -desde la naturaleza de sus misiones- entre un oficial VGM y un oficial RA o RE de cualquier policía del país comprometido con la lucha contra la delincuencia?. Se los diré, ninguna. El primero tuvo su bautismo de fuego durante un lapso determinado con fines absolutamente políticos o estratégicos, y hoy es un veterano con respecto a aquello; el segundo, a diferencia del anterior, siguió por más de 30 años batallando en un medio hostil contra una delincuencia desenfrenada y una sociedad indolente; murió por nada, sin pensarlo, en cualquier esquina, a cualquier hora de cualquier día, o quizás solo por su vocación de entrega solidaria que se cuentan por cientos; el que no, hoy es un veterano sobreviviente. El preconcepto social estigmatiza hasta las muertes de los pobres servidores públicos. De acuerdo a éste, el primero defendió a la patria, y el segundo murió en medio de las disputas internas de una gigantesca organización mafiosa como la policía, quizás en un ajuste de cuentas, o tal vez simplemente como algo natural de la profesión.

Hipócritas, el primero ha jurado dar su vida en el ejercicio castrense, en cambio el policía no está obligado a darla por nada, solo en su defensa o en defensa de un tercero; no hay norma alguna o reglamento que lo someta a ello. El primero va al panteón militar con todos los honores de quienes se ufanarán exaltando semejante entrega; el segundo a un cementerio de mala muerte, con una lápida corroída por el olvido por toda compañía.

En ambos casos, la actitud y el peligro frente a las balas enemigas es exactamente el mismo; el primero defiende un territorio por la soberanía en disputa; el segundo la vida y los bienes de los ciudadanos. ¿De qué nos sirve ser soberanos si nadie nos asegura el derecho a la vida ni a los bienes?. En un orden de prioridades impuesto por la sabia naturaleza el derecho natural a la vida y a desarrollarse prevalece sobre todos los demás. Entonces, ¿quién exhibe más entidad heroica, el militar profesional que solo cumple con su deber o el vigilante que por defender a un connacional, sin que nadie se lo pida, entrega su propia vida?; ¿imprudencia?; ¿falta de preparación?; ¿irresponsabilidad?, todo lo que quiera pero no titubeó y en una decisión personalísima cayó abatido por el sistema que impone hábitos crueles de indiferencia y olvido. 

¿8.000; 30.000, cuál es la diferencia, el negocio de las indemnizaciones? Esta es otra cuestión que compete a la justicia; la que tenemos, con sus pronunciamientos que nos pueden gustar o no. ¿Quién otro puede tener la verdad que surge de lo que ha investigado hasta ahora?

Lo más triste es que hasta aquí, nadie ha planteado la pregunta de fondo; ¿por qué hay desaparecidos?, todo lo demás es especulación y manipulación miserable que no nos permite superar odios y resentimientos en una sociedad literalmente partida.

Ni Gómez Centurión es el adalid, ni los organismos de DDHH garantes de equidad, en el medio nosotros con todas las miserias a cuestas.

02 de febrero de 2017. 

 

HUGO A. VACCAREZZA

Crio. Mayor (RA)

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TRES PALABRAS: CUESTIÓN DE MEMORIA, nota de opinión de MIGUEL ÁNGEL REYNOSO

 

TRES PALABRAS: CUESTIÓN DE MEMORIA

 

La muerte del dictador cubano Fidel Castro ha sido comentada en detalle en los últimos días por cuanto medio periodístico o de opinión existiera y no está en la intención de quién esto escribe juzgar la trascendencia histórica que en el devenir de la humanidad le tocó jugar a este personaje.

No será novedad para casi nadie que no está tampoco en mi persona el opinar sobre cuestiones de política internacional y de conveniencia en las relaciones entre los países, ya que como en tantas otras cosas adolezco de la capacidad y conocimiento suficiente para meterme en el tema.

No obstante con el simple título de “haber vivido” en la historia de los últimos sesenta y cinco años de nuestra Patria y mantener aún una media lúcida memoria de los aconteceres que nadie me contó, no puedo dejar de mencionar públicamente, el cosquilleo que me produjo el hecho de que nuestra querida República Argentina haya enviado a su canciller a representarnos en el funeral del dictador en cuestión, cuando los pocos que no hemos borrado por conveniencia de adaptación a los tiempos de nuestro disco de memoria el antipático recuerdo de que fue el homenajeado precisamente quién organizó verdaderos campamentos de instrucción en tareas insurgentes en su país donde enfermos de violencia y odio se entrenaron para regresar al terruño a enfrentar un gobierno democrático, con la capacidad suficiente para asesinar a cientos de argentinos, uniformados o no, hombres, mujeres y niños, sembrando el terror con sus bombas y ataques criminales.

La Policía de la Provincia de Buenos Aires recuerda, o debería hacerlo, a los más de TRESCIENTOS CAMARADAS asesinados por aquellos que creían en el idealismo basado en la violencia, preparados en la Cuba de Fidel Castro, en nombre del combate contra el imperialismo, víctimas que en muchos casos solo habían cometido el delito de trabajar de policías y estar solos en la parada del colectivo esperando el transporte. Mas que pobre imagen del capitalismo/imperialismo tipo, según mi pensamiento. Víctimas que como tantas otras aún esperan el homenaje por parte del Estado y de la sociedad argentinos el reconocimiento por su sacrificio.

El Gobernador de San Luis ha decretado por esta muerte tres días de duelo provincial sobre inciertos fundamentos por esta muerte, medida que sin duda agravia en alto grado a  la memoria de quienes fueron sus mártires y entre los que se encuentran documentadamente muchos, pero muchos argentinos, víctimas e incluso de los propios victimarios que dieron inicio al horror que se desató en nuestro país en aquellos años de terrorismo.

No juzgo, no odio, no critico, no pretendo que mi verdad sea la verdad de todos, también como cristiano no puedo comprender que alguien pueda alegrarse por la muerte de un semejante, fuera quien fuese, solamente recuerdo y lo digo ante tanto silencio, al menos orgulloso de tener el coraje para mencionarlo públicamente.

Mar del Plata, 5 de diciembre de 20167.

 

MIGUEL ÁNGEL REYNOSO

Crio. Insp. (ra)

Policía Provincia Buenos Aires

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¿Hasta cuándo vamos a seguir apaleando al perro que nos cuida? Nota de Jesús Scanavino, Secretario de Organización de APROPOBA

 

¿HASTA CUÁNDO VAN A SEGUIR APALEANDO AL PERRO QUE NOS CUIDA?

 

Hace tiempo que desde la Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Bs As (APROPOBA), venimos advirtiendo del ataque generalizado, que hacen periodistas, políticos, supuesto expertos en seguridad y opinadores de todo tipo contra toda la fuerza policial. Es decir, apalean y maltratan al noble perro guardián, de quién pretendemos que nos cuide…

Es necesario aclarar que esta fuerza policial de la provincia, no es la policía de la provincia de Bs As que acompañó el devenir histórico de argentina y del primer estado. Aquella fue arbitrariamente disuelta en 1997 por el entonces gobernador Eduardo Duhalde. Lo  que tenemos hoy como reemplazo “para recuperar la seguridad” (que nunca se había perdido), son muchas policías provinciales con una pésima organización, sin disciplina, sin formación policial suficiente, sin entrenamiento adecuado, sin atribuciones. Tenemos las policías soñadas y creadas por León Arslanián, en comunión de ideas con Duhalde y Felipe Sola.  Y lo que vivimos hoy es el resultado de las publicitadas y festejadas reformas, depuraciones y purgas. Es la nueva policía de la democracia que pregonaba el universo progre. El argumento central de aquellos “reformadores” fue que nuestra policía era “una organización vertical, de disciplina militarizada” y había que convertirla en horizontal. Sin embargo se recurren a la supuesta eficiencia de Gendarmería y Prefectura, con el argumento de que “son fuerzas verticales de férrea disciplina militar”. Ambas posturas fueron, a su tiempo,  aprobadas y aplaudidas por la misma dirigencia y los mismos periodistas.

No obstante, es justo señalar que la policía de la provincia, incluidas obviamente su novel División, que agrupa las Unidades de Prevención Local (Policía Local), con sus aciertos y errores, está prestando sus servicios gracias exclusivamente al esfuerzo descomunal, casi sobrehumano, de la mayoría de sus efectivos, con genuina vocación, y a pesar de todos los obstáculos que insólitamente le ponen los gobiernos.-

Es verdad que hay policías corruptos y también delincuentes, y está bien que se los denuncie. Hay que llevarlos a juicio. Ya hemos dicho reiteradamente que la Sra. Gobernadora puede contar con el apoyo mayoritario de la familia policial, en su cruzada de erradicar la corrupción. Una vez más: los primeros y principales perjudicados de la corrupción en la policía son los propios policías. Pero es muy grave que maliciosamente se demonice a toda la institución, sin discriminar lo verdadero de lo falso, ni poner a salvo a la inmensa mayoría de policías que trabajan decentemente,  al menos con la misma vehemencia que denuncian a los malos. La inmensa mayoría trabaja de policía lealmente y aun así no se les respeta ni la condición de ciudadanos, menos aún la presunción de inocencia. No se tiene  en cuenta ni siquiera la larga lista de servidores caídos bajo las balas de los marginales, debido a la inferioridad de condiciones respecto de estos, sea por falta de entrenamiento  o falta de respaldo legal, por lo que muchas veces los servidores reaccionan tardíamente frente al ataque y pagan con su vida. Así y todo, nuestras autoridades, caprichosamente, como en otros tiempos, se niega a escuchar a nuestra Asociación Profesional, que cuenta entre sus socios innumerable cantidad de hombres y mujeres, con una vida repleta de experiencia; y además con la información actualizada, producto de una relación fluida que se tiene con los camaradas en actividad.

Por lo tanto sabemos que al día de hoy el componente humano policial  está padeciendo mucho estas arbitrariedades. Su consecuencia, entre otras -hay que decirlo-, es la merma creciente en la voluntad de trabajo, y por consiguiente el aumento exponencial de inseguridad. Es evidente que los malvivientes son los únicos que lo  registran; interpretan acertadamente esta situación y la aprovechan. Pregunta: ¿No será esta la verdadera razón del pedido de ayuda a Nación con fuerzas federales?

Otra consecuencia de los errores  de la autoridad política y los mandos policiales, es que se ha creado el caldo de cultivo para que en poco tiempo más, el personal exteriorice el hartazgo por las deplorables condiciones en que tiene que desarrollar su vocación. Lamentable. Luego nadie podrá escandalizarse. Hace tiempo que se viene advirtiendo. Parece que prefieren el relato de Arslanián, de Felipe Sola o del kirchnerista Sergio Massa, que tienen la insólita obsesión de municipalizar la fuerza, que es lo mismo que debilitar al Estado frente  al avance continuo del narcotráfico, que pronto podría convertirse en narcoterrorismo. México está pagando muy alto precio haber municipalizado a su policía. 

Se anuncia la compra de patrulleros, chalecos, equipos de comunicaciones encriptadas, cursos de capacitación, etc. Y se nos ocurre pensar en voz alta: “¡Qué lejos está esta gente de resolver el problema!” Los medios son importantes y los cursos nunca están demás. Pero lo verdaderamente importante, lo que realmente significaría una vuelta de página, casi no cuesta dinero extra: El festival de excarcelaciones; libertades anticipadas y el corsé político y legal que no permite a la policía trabajar a pleno, más el irrespeto por la carrera policial.     

También medidas de conducción operativa. No alcanza con funcionarios impartidores o trasmisores de órdenes, se necesitan verdaderos conductores que desplieguen el arte de conducir junto a sus conocimientos policiales. Hoy no se existe conducción. Al menos no se advierte una clara y visible relación entre conductor y conducidos. Ambos existen, pero como decía nuestro gran maestro el Comisario General (f) Jorge Vicente Schoo, “si entre ellos no se da una suerte de entendimiento, la verdadera conducción no es posible”. Las consecuencias de esta irregularidad la está pagando la comunidad y los policías con sus vidas y la institución con un creciente desprestigio.  Y por supuesto, tratamiento de la cuestión salarial en un pie

Sabemos que en estas horas se están realizando reuniones de policías, para consensuar el temperamento a adoptar en defensa de la institución policial y los derechos de sus integrantes, entre otros obviamente la eterna cuestión de injusticia salarial. Cuando por todas las vías administrativas e institucionales se hace oídos sordos a los reclamos legítimos, el único recurso constitucional que queda es la exteriorización pública. Es necesario hacerse oír de alguna manera. Y al respecto,  desde APROPOBA,  advertimos a nuestros camaradas del peligro de ser infiltrados por personas con intereses políticos, que se enancan en el justo reclamo y terminan fomentando actos de violencia bien en contra de nuestra esencia y principios,  y que la sociedad repudia. Las crisis policiales, siempre que fueron infiltradas por agentes externos y descontroladas, sirvieron para que los gobiernos legitimaran sus arbitrariedades  y los abusos para con el personal.

Finalmente exhortamos a mantener la disciplina, siempre, máxime ante un eventual reclamo; a no abandonar las guardias y por ningún motivo  quebrantar la ley.

07 de noviembre de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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EL RANCHO SE DERRUMBA, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

¡EL RANCHO SE DERRUMBA!

(Ojalá este gobierno si sea coherente…)

 

Manotazo desesperado, esta vez del gobierno de Cambiemos, tratando de paliar la crisis de inseguridad, causada hace 17 años por el ex Gobernador Eduardo Duhalde, y agravada por las siguientes administraciones provinciales que gobernaron hasta diciembre de 2015.

Años, muchos años hace que, desde APROPOBA, venimos advirtiendo que el “rancho” de la seguridad se estaba deteriorando aceleradamente, se llovía adentro casi como afuera.  

Lo dijimos desde fines de los `90, en tiempos de Duhalde, con la llegada de Arslanián; lo reiteramos varias veces cuando aparecieron las más graves fisuras en los cimientos, durante la administración de Felipe Sola/Arslanián. Y nos cansamos de dar aviso y pedir ser escuchados, cuando los tirantes comenzaron a rajarse y aflojarse seriamente. Ahora, recién ahora, que el techo del rancho, completo, está a punto de colapsar y caernos encima, este nuevo gobierno parece dispuesto a encontrar una solución. Al menos aparenta que tienen las mejores intenciones. A juzgar por las recientes declaraciones del Ministro Sr. Ritondo, quién ha descripto el estado de la fuerza policial con sinceridad y ha hecho esfuerzos por salvaguardar ante la prensa, el buen nombre y honor de la mayoría de los policías, debemos presumir que esta vez sí habrá coherencia entre lo que se dice y lo que finalmente se hará.

No queremos ser pesimistas. Deseamos sinceramente que acierten con las medidas, pero creemos que todo el esfuerzo humano que se vuelque a las calles no será suficiente si no es acompañado simultáneamente por medidas de orden interno en la fuerza policial, y también procesales, que debería instrumentar el Poder Legislativo con carácter de muy urgente…

Para combatir con éxito la delincuencia, cada vez más organizada y más violenta, es imprescindible revertir la desigualdad de fuerza que hoy es claramente desfavorable al Estado. Dos requisitos son necesarios para modificar esta realidad y tener esperanzas alentadoras:

PRIMER REQUISITO: Rearmar moralmente al componente humano, que se pretende encomendarle poner el pecho en el cumplimiento de los planes de seguridad a desarrollar. No es mezclando a todos los uniformados con ese porcentaje mínimo de delincuentes infiltrados y corruptos, que no entienden de cambios, como se va a lograr recuperar la seguridad. Con el personal humillado por la insistencia en generalizar las acusaciones, que se lanzan en los medios de prensa, poco se logrará. Es tarea del gobierno arbitrar los medios para que la opinión pública pueda diferenciar, y los policías puedan salir a la calle con su autoestima reparada, sin la vergüenza que impide y desalienta.

SEGUNDO REQUISITO: Atacar y golpear contundentemente la logística de los delincuentes: Armamento; utilización de menores; vehículos y droga componen la logística mínima del delito. Especialmente lo último. Los principiantes roban para comprar drogas, pero luego, ya encaminados en el delito como medio de vida, dispuestos a no trabajar nunca más, se drogan para cometer sus fechorías, para darse valor; drogados se animan a todo, son más violentos. Ellos evalúan que si vale la pena, pagar con algunos meses de encierro, la gran vida –casi de opulencia en algunos casos- que podrán darse con el dinero que obtendrán de sus ilícitos, durante otros varios meses de “trabajo”, aunque dejen las calles regadas con sangre. Para ello sería urgente, en simultáneo con el resto de las medidas operativas, impedir -preferentemente por vía legislativa-, la EXCARCELACION Y TODO TIPO DE LIBERTAD ANTICIPADA, a todo imputado, procesado o condenado, por delitos cometidos con armas consideradas de guerra; con explosivos y/o elementos que formen parte del equipamiento de FFAA, FFSS y FFPP, tales como prendas de uniformes, chalecos, esposas, etc.; quienes delincan con automotores sustraídos; quienes hayan cometido el o los hechos con participación de menores de edad; a quienes, al momento de cometer el delito, hayan actuado bajo los efectos de drogas ilícitas.

Seguramente se superpoblarán los establecimientos penitenciarios. No obstante, siempre será preferible que los presos sufran alguna incomodidad transitoria de alojamiento, a que el resto de la sociedad siga pagando con sus vidas, su libertad, honra, bienes y derechos, la impunidad de aquellos que eligen vivir a costa del esfuerzo de otros, al margen de la ley.

La Justicia hoy está hemipléjica, los delincuentes lo saben. La policía ha sido deliberadamente menguada y atravesada por la corrupción, y se le ha puesto un techo demasiado bajo para su actuación. Ni siquiera se les permite inspeccionar el baúl de un vehículo o interrogar a una persona sospechosa. Los delincuentes, todos, saben de esto y son hábiles en aprovecharlo, para vivir un verdadero festival de impunidad, ayudados por una prensa que debilita y desalienta todo el tiempo al conjunto de la fuerza policial, con acusaciones para todos. Y en algunos casos con información infundada o tergiversada, todo lo cual les ha convertido a esta provincia en algo  más que una zona liberada. Nuestra provincia es hoy un territorio conquistado por las bandas de delincuentes de todo tipo. Asaltantes asesinos, violadores, narcotraficantes súper armados, se adueñaron de la vida y la libertad de los ciudadanos.

Para torcer el brazo de ésta delincuencia, violenta y cebada, en tiempos de desborde como ahora, sea por vía de la persuasión o por medio de la fuerza, es imprescindible sumar al consenso ya existente de la población; el desempeño adecuado y ágil de una Justicia despojada de ideologías y tendencias; de la dirigencia política; y la colaboración de la prensa; sumado todo a la actuación decisiva de una policía fortalecida espiritualmente, en paridad de armamento con las bandas, con la seguridad de un buen entrenamiento; por supuesto una paga que le permita vivir decorosamente, inclusive en su Retiro (para desalentar a aquellos que intenten hacerse su “jubilación adicional anticipada”); y muy importante, una policía aséptica de intención política.

Si pretenden dar solución amontonando gente uniformada, sin remover previamente los verdaderos obstáculos que subyacen, y que en parte estamos describiendo, escasos serán los beneficios para tanto esfuerzo humano y para tanto gasto. Terminaremos viendo más de lo mismo que hemos comprobado en las gestiones anteriores. 

06 de octubre de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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LA VIOLENCIA QUE ME RODEA… ME TIENE HARTO, nota de Opinión de CARLOS MASSACANE, Sec. Adjunto de APROPOBA

 

La violencia que me rodea... me tiene harto!

 

Pienso a esta altura que se trata de una violencia institucionalizada, por la incapacidad del ESTADO, QUE DEBE SER EL GARANTE DE LA TRANQUILIDAD PÚBLICA.

Las políticas de SEGURIDAD y de CRIMINALIDAD- ambas-, se deben sostener en el ideal de bienestar que se adeuda al pueblo para su desarrollo. Sin ellas,  es imposible conseguir la armonía que nos lleve a la ansiada REPÚBLICA.

Los “políticos” en campaña, han prometido hasta el hartazgo recomponer  esta “sensación de inseguridad “, que nos viene quitando vidas y multiplicando victimas en forma exponencial. El fracaso hasta hoy es también exponencial.

El ciudadano de a pie –el pobre poligrillo-, que hace el país todos los días para que esa “gilada” cobre suculentos sueldos y goce de  un montón de privilegios y legisle para un país real y no para un  país ideal, (que de hecho no existe), piensa con razón, que la ignorancia de éstos es realmente supina, como mínimo…, para no tentar al mal pensamiento!

         Pero en esta soledad, prisionero del miedo de ser víctima y victimario a la vez, pienso que la  Señora Gobernadora, el Señor Ministro de Seguridad, el Sr. Jefe de Policía deben  estar muy ocupados en corregir esta situación de destrucción  de la sociedad bonaerense, porque están  ausentes de las honras fúnebres de sus hombre caídos en el sagrado deber del servicio.

No terminan de matarnos, nos hieren, quieren que se sufra hasta la última gota y por eso nos desangran! Total de qué vale la vida sin sufrirla, cuando los verdugos llevan la etiqueta de “políticos”!

Torpes, cual bichos carroñeros, se atropellan por cuatro bocados de despojos. Pero igual no saben vivir sin nuestra vida útil! No soportan las virtudes, se mueren por ellas.

Tristes infelices que  se destrozan buscando el poder para mostrar sus debilidades. Mentirosos, que tiemblan ante la verdad y se encorvan en la presencia de las mafias.

Mientras, a nosotros nos purifica cada amanecer, y en la presencia de los perros vagabundos y en el dolor del hermano abandonado se halla Dios! Aunque quieran olvidarnos, estamos en cada rayo del sol naciente y en los misterios de las noches de tormenta.

O allí…!  Donde simplemente el destino nos ponga, sin importar el género.

          Muy atte.

         22-09-16.

 

Carlos Roberto Massacane

Subofl. Ppal. (rav)

Sec. Adjunto de APROPOBA

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INSEGURIDAD: LA GRAN HIPOCRESÍA, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

INSEGURIDAD Y CORRUPCIÓN: “LA GRAN HIPOCRESÍA”

 

Una vez más, cuando el horizonte de los argentinos está colmado de grandes incertidumbres y amenazas que hacen presagiar acontecimientos nada agradables, vuelve a aparecer en escena y en primer plano, la eterna crisis de inseguridad. Y nuevamente, llamativamente, la reedición de la vieja novela “LA GRAN HIPOCRESÍA”, montada de ex profeso para desinformar, mentir a la opinión pública y dar la sensación de que están todos preocupados y haciendo aportes para una solución, cuando en realidad no hacen más que difundir con disimulo el pensamiento zaffaronista, al que adhieren de manera inconfesable. Periodistas “especializados”, políticos, supuestos expertos en seguridad y opinadores de todo tipo y pelaje, reaparecen cada vez que se registra un hecho, con el que se evidencia la orfandad en la que se encuentra la población, debido al andamiaje jurídico abolicionista, pseudo garantista, construido en defensa de los delincuentes, a quienes consideran víctimas de una sociedad injusta, merecedores de toda la conmiseración pública. Y cada vez que un ciudadano osa ejercer su legítimo y legal derecho a defenderse, su linchamiento mediático parece ser la consigna. Como si fueran portadores de la verdad más absoluta, insinúan que quienes  ejercemos el derecho a opinar libremente y el de la tenencia de un arma, que reivindicamos la legítima defensa ante una delincuencia incontrolable y asesina, o proponemos políticas de seguridad de mayor firmeza, somos mala gente, acusados de brutales, fascistas…

Los muy hipócritas que se escandalizan por los niveles de inseguridad, por los asaltos, por los asesinatos y por el auge de la delincuencia que se pavonea libremente por las calles, son los mismos que alentaron y alientan el recorte de atribuciones de los policías en tiempos de Arslanián, que hoy no pueden interrogar a un sospechoso, ni revisarles el baúl del auto. Son los mismos que callaron cuando, en tiempos del Gobernador Scioli, a la policía les retiraron las armas largas y lo dejaron en inferioridad de condiciones, casi indefensos, ante una delincuencia armada hasta los dientes, con armas de guerra, poderosas. Los muy hipócritas que reclaman mayor dedicación a los policías, son los mismos eternos denunciadores al voleo de “zonas liberadas”; los que argumentan que la policía es “reguladora” del delito; quienes dicen que los uniformados son “parte del problema”, como lo verificamos desde los tiempos del Gobernador Solá; los que siempre generalizan ante la inconducta de policías corruptos –que los hay sin duda-, provocando vergüenza en todos los buenos policías y sus familias, que son la inmensa mayoría, y por consiguiente desgano en el trabajo. Los muy hipócritas que ponen a los policías como eje central de la inseguridad, cuando saben bien que son el último eslabón de una larga cadena de responsabilidades previas; son los mismos que nunca, jamás, visitaron una Comisaría para interiorizarse cómo viven y trabajan los policías, cuáles son sus necesidades para cumplir mejor la función; son los mismos que jamás visitaron a un policía herido; nunca asistieron al sepelio de un uniformado caído en el leal cumplimiento del compromiso asumido con la sociedad, ni hablar de interiorizarse por sus deudos o solidarizarse. Los muy hipócritas que hoy están en contra de proyectos destinados a mejorar la educación son los mismos que braman aduciendo que la falta de educación es causa del delito.

La Señora Gobernadora parece dispuesta a erradicar los focos de corrupción en la fuerza, consecuencia del juego clandestino. Siempre hubo corrupción, aunque para ser sincero nunca en la magnitud actual. La inmensa mayoría de los policías y la familia policial en general, celebra y apoya firmemente la decisión. Exhortamos que con la misma firmeza, y al efecto de su erradicación total, la investigación y juzgamientos se extienda incluso fuera del ámbito policial, que se llegue hasta los sitios en que tiene origen la corrupción, y donde también llega su producido. De lo contrario quedará en una medida espasmódica, en la que el policía será el pato de la boda. La corrupción policial no es causa. Es consecuencia. Todos imaginamos, la sociedad también, que en cuestión de juego clandestino la policía nunca hizo o dejó de hacer lo que no se le indicara previamente desde algún lugar del poder. No es casualidad que el quinielero Adrián Almaraz, detenido y liberado urgentemente, aclarara a la prensa sin que se lo pregunten: “Solo le pagábamos a la policía…”

Por otra parte sería muy importante que, mientras se libra la batalla contra la corrupción, el gobierno arbitre todos los medios a su alcance, para mantener a salvo el buen nombre y honor de la mayoría de mujeres y hombres policías, ajenos a la comisión de delitos; son quienes a pesar de todo -y de todos- salen día y noche a la calle a tratar de brindarnos seguridad. Es sabido que hay quiénes, directa o indirectamente, obtienen beneficios cuando se golpea, desprestigia y se demoniza permanentemente a la fuerza policial en general. ¿Quiénes son los perjudicados, además de los buenos policías? La comunidad, como está a la vista.

No obstante lo dicho, los policías dan muestra permanente de su vocación de servir, de esfuerzo y hasta de sacrificio, a pesar de las limitaciones que imponen leyes permisivas, la falta de medios y del pésimo entrenamiento que reciben los efectivos, especialmente los más jóvenes. Investigaciones o intervenciones policiales exitosas; enfrentamientos armados, con policías y malvivientes fallecidos y heridos; secuestro de importantes cantidades de drogas y dinero, conforman la prueba de una policía comprometida, que además debe mejorar. Para ese fin la clase dirigente y principalmente la prensa –entre otras cosas-, sin dejar de denunciar las falencias, la corrupción y a los corruptos, sería excelente que también se ocupen de los buenos policías, aunque mas no sea con el diez por ciento del énfasis y tiempo que le dedican a los malos. “Los mismos policías buenos, salvados de “la misma bolsa”, se encargarán de los malos…”

Mientras tanto parece ser que el país, especialmente la provincia de Buenos Aires, no puede salir de esa especie de ciénaga, o circulo vicioso, en que se ha transformado la inseguridad. Quienes tienen el poder para aportar alguna medida urgente, de aplicación mediata, apenas si atinan a describir, en el aire, y en los medios de prensa, políticas de estado o proyectos de mediano y largo plazo, ya pensadas hace muchos años sin que ningún gobierno las cumpliera. La comunidad está clamando soluciones para mañana a la mañana y los políticos hablan de largo plazo… 

A grandes males grandes remedios. En la emergencia, mientras se estudian leyes adecuadas y se espera den resultado las políticas activas de mediano y largo plazo para terminar con la exclusión, que muchos consideran causa principal del delito; y mientras se deciden elaborar una adecuada “política criminal”, hoy ausente como bien señala el Sr. Fiscal Marcelo C Romero, habría que interrumpir y desestimar toda solicitud de excarcelación a procesados por delitos graves, sin excepción; como así terminar con libertades anticipadas o transitorias a todo condenado por delitos contra la propiedad o contra las personas. Y reformar urgente la Ley de reincidencia.

Será necesario reacondicionar o ampliar cárceles, si no se pueden construir nuevas.

La sociedad aceptará de buen grado que, por un tiempo, la población carcelaria viva con alguna incomodidad, hasta que se cuente con recursos, a cambio de que en las ciudades se pueda vivir con tranquilidad y seguridad, marco indispensable para poder estudiar, trabajar, producir riquezas y disfrutar la merecida libertad. La comunidad está reclamando que el Poder-Estado vele por los derechos humanos de los ciudadanos, al menos con igual ahínco con que cuida los de los delincuentes.

Esto no es nuevo. Con cada cambio de Gobernador, la crisis vuelve a ponerse en la superficie. Y todas las veces, desde distintos ámbitos de la institución policial, donde hay años de experiencia acumulada, incluido desde APROPOBA, se ha abordado el tema y advertido sobre la evolución futura, sin embargo siempre se ha hecho oídos sordo. Los primeros beneficiarios y más interesados en terminar con la inseguridad y erradicar la corrupción, son los policías y sus familias.

Septiembre 08 de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

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NUEVO AVANCE DEL JUSTICIALISMO-KIRCHNERISMO RECICLADO A TRAVÉS DEL FRENTE RENOVADOR PARA TERMINAR DE DESTRUIR EL SISTEMA DE SEGURIDAD EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES PARA MUNICIPALIZAR LA POLICÍA EN ESTE DISTRITO Y ASÍ TERMINAR DE ABRIR LA PUERTA AL NARCOTRÁFICO DEJANDO DE LADO LAS NEFASTAS EXPERIENCIAS AL RESPECTO QUE SUFRIERON OTROS PAÍSES - REITERAMOS NOTA AL RESPECTO DE JESÚS SCANAVINO, SECRETARIO DE ORGANIZACIÓN DE APROPOBA, PUBLICADA EN EL AÑO 2010

 

PROYECTO DE LA POLICÍA MUNICIPAL - OTRO ENGENDRO NEFASTO…

(NO ES DEL BUENO, PERO ES QUESO…!)

 

Es preocupante, y causa de enorme desazón, poder comprobar la superficialidad con que las autoridades del  gobierno provincial y un amplio sector de la dirigencia política, como lo son legisladores y varios intendentes,  tratan de resolver la problemática de la inseguridad. Y la sorprendente y temeraria predisposición, para crear organismos tan complejos y tan costosos como son instituciones policiales por toda la provincia, superponiéndose a las existentes.  Mas  la archi conocida contumacia en desoír imprudentemente las voces de alarma, que de distintas  maneras posibles les hacen llegar sectores de la policía con vasta experiencia, como lo hace también, y  reiteradamente, Apropoba desde esta página.

Quienes tienen las más altas responsabilidades políticas de encontrar soluciones para mitigar la crisis, dan toda la sensación de que estuvieran absolutamente disociados de la realidad. Mientras la población clama por soluciones urgentes, para hoy, ellos responden anunciando proyectos de mediano y largo plazo, e innecesarios gastos siderales de dinero que tendrá que pagar el mismo pueblo.

“No es del bueno pero es queso…” dice el cuento de aquel vasco porfiado que comía jabón y convidaba insistentemente afirmando que era queso. Con amargura debemos decirles a estos señores porfiados que hace ya muchos años que –como en el cuento- a los bonaerenses nos quieren hacer comer jabón por queso. La cuestión se ha puesto demasiada pesada y no hay margen ya para seguir jugando con la vida de las personas.

Nuevos proyectos que tienen origen en el seno de esa dirigencia política, pretenden la creación de Policías Municipales. Sus mentores se encargan de aclarar rápidamente que no son lo mismo que las policías comunales inventadas por el Dr. León Arslanián, de quién evidentemente quieren despegarse, sabiendo que aquello fue un despilfarro de dinero público y de esfuerzo humano, toda vez que no se registró cambios o mejoras sustanciales que justificaran semejantes emprendimientos. No obstante se insiste, casi obsesivamente, con la idea de municipalizar la policía, es decir desvincularla de la provincia. Un organismo estrictamente municipal. Si se concretara, en el futuro cercano veremos algunos municipios con policías bien uniformados, dotados de buenos y modernos elementos; y otros municipios con pocos policías, mal vestidos, con vehículos vetustos o de a pié. Según los recursos de esa comuna, o el color político del partido gobernante,  o la buena o mala relación que tenga el intendente con el gobernador. ¿Alguien tiene alguna duda de que será así?

Lo hemos dicho antes. A quienes desarrollan esta profesión también nos gustaría una policía municipal, comunal o de condado, tal como existen en países como EE.UU, España, Alemania, pero, aclaremos, con poblaciones como la de esos países. Con la educación e idiosincrasia de aquellos ciudadanos. Donde la regla es el respeto por las instituciones y el acatamiento a las leyes, empezando por las autoridades de los gobiernos y los miembros de la justicia; y donde a los uniformados se los preserva de la politiquería; se los entrena periódicamente de verdad; se le dispensa un trato digno y se le retribuye con salarios  decorosos, mas una asistencia médica y un servicio social de la institución, que reúnen las condiciones para asistir satisfactoriamente a este tipo de trabajadores y sus familias. No como en argentina que se insiste con el delirio de tener una policía eficiente que cueste poco.

La primera condición de aptitud del aspirante a policía, en cualquier parte del mundo, se verifica en el seno de su hogar y su entorno social, luego su formación intelectual y condiciones psicofísicas. A nuestras autoridades habría que recordarles que las fuerzas policiales –al menos en nuestra provincia- no se nutren de personas de otras galaxias. Nuestros efectivos provienen de la sociedad que tenemos acá, en esta parte de la tierra, cuyos hijos no escapan a las influencias producto de los desequilibrios y desajustes sociales, económicos, políticos, éticos y de desarrollo que en los últimos años perturban nuestro país. Donde los jóvenes ya ni siquiera tienen aquella experiencia enriquecedora, niveladora  y formadora que era el servicio militar obligatorio.

Quienes emergen de esta sociedad para incorporarse a la fuerza policial, y que serán los encargados de hacer cumplir las leyes, generalmente son los mismos que hoy vemos por las calles, en las esquinas agrupados tomando alcohol, transgresores de toda norma como nunca antes, aborrecen de todo lo que signifique disciplina, son irreverentes con las instituciones del estado y con sus autoridades, se burlan de toda religión y descreen de todas las plataformas políticas, porque llevan en su frente la marca de la frustración que les imprimió la dirigencia de las últimas décadas. Vienen de transitar sus últimos años por los límites del submundo del delito, codeándose con la droga, con la corrupción y con la muerte, que acechan en todos los barrios y no hace distingos de capas sociales.

Resulta que ahora el gobierno de la provincia nos propone como solución, tomar esos jóvenes, que ya son difícil de moldear en los institutos de formación policial, y entregárselos alegremente a las municipalidades para que formen nuevas instituciones policiales, que además –todos lo sabemos- serán manejadas por dirigentes políticos intermedios y hasta por punteros barriales, que no tienen la menor idea del oficio policial y en algunos casos hasta serán también de dudosa moral. Por lo tanto esas policías municipales funcionaran según los vaivenes de la política pueblerina. Como ya ha ocurrido y ocurre en algunos municipios, donde existe Policía Comunal, que los uniformados se han visto enredados en las internas políticas locales, o sectores políticos han denunciado el uso indebido de la policía por parte de algún intendente.

Una institución civil armada como la policía, encargada de velar por valores supremos de la comunidad, como son la vida, bienes y derechos, no puede estar supeditada a los vaivenes políticos partidarios. Debe ser manejada y administrada con equidad para todas las poblaciones desde  el Poder Ejecutivo provincial, con policías de carrera, políticamente asépticos. Que se dediquen a la seguridad de los contribuyentes, sin distinción de ideologías y no a cosechar palmadas, ni favores del poder de turno. En un estado de derecho la policía es tan trascendente como la Justicia y a nadie se le ocurriría crear, por ejemplo, tribunales penales municipales. La policía municipal será otro mamarracho, igual que el ideado por León Arslanián, además con más posibilidad de corrupción y mayores gastos para el contribuyente.

Andrés Antillana, prestigioso Psicólogo y Criminalista Venezolano, ha descripto así la problemática de la descentralización policial de su país:

“… otro rasgo distintivo del modelo policial venezolano, es la proliferación de policías adscritas a los distintos niveles de gobierno. El uso parcial y dependiente de la policía por parte de la fracción en el poder, ha promovido la multiplicación y dispersión de los cuerpos policiales, en la medida en que se descentraliza el Estado y aparecen nuevos polos de poder. Esto ha favorecido la existencia de distintas policías sin funciones y ámbitos territoriales claramente delimitados, compitiendo entre sí y con alto grado de dispersión y descoordinación. Un modelo de Estado fragmentado, que resulta de múltiples transacciones y conflictos de competencias y funciones, ha implicado una superposición y desarticulación de la actuación policial. La policía se convierte en un mecanismo de acumulación y redistribución de capital político en el contexto de un modelo de Estado en que el poder político está distribuido entre distintos actores…”

Por su lado, el Dr. Gregorio Marañón, médico, ensayista y escritor español, ya en el año 1942 hizo público en la prensa escrita argentina un trabajo sobre Policías del Mundo que tituló “POLICIA, de Maquiavelo a Fouché”. Entre otras importantes cosas decía: “…Cuando se piensa en un estado futuro que reúna las ventajas del autoritario y las del democrático, la formula intermedia solo se entrevé  a base de una policía perfecta, que frente al poder asegure a cada ciudadano sus derechos sin el peligro de que los ciudadanos se los adjudiquen y se los administren por su cuenta, y que, a su vez, exija al ciudadano el riguroso cumplimiento de su deber, diverso e intransferible. Una policía, en suma, no solamente poderosa en su técnica, sino aséptica de intención política”

El Poder Ejecutivo, como los representantes del pueblo, sean provincial o municipal, tienen la obligación de contribuir a robustecer la fuerza, en lo moral, en lo material y en lo profesional. En lugar de descentralizar y dispersar. Deberían cuidar mediante un celoso control de los tres poderes, que funcione el mecanismo de auto depuración y velar para que la institución ni sus miembros sean arrastrados a la vorágine de la política. Cuando ello ocurre, la comunidad rápidamente paga las consecuencias con su seguridad y con sus vidas. Como ocurre ahora.

Y en lugar de hacer anuncios espectaculares de mediano y largo plazo (cuando la gente reclama soluciones para el hoy) como son la creación de nuevas policías y estrujar el presupuesto provincial, nada mas que para hacer como que se hace y no hacer nada, sería mas productivo y eficaz legislar urgentemente las normas que la fuerza policial necesita como herramienta, para producir seguridad y tranquilidad a los ciudadanos; frenar el éxodo cada vez mayor de policías provinciales a otras instituciones o a la actividad civil; actualizar los sueldos; mejorar ostensiblemente la prestación de la Dirección de Servicios Sociales, motivo de queja permanente del personal; desvincular a la fuerza policial de las odiosas e ineficiente Aseguradora de Riesgo de Trabajo de la provincia y de una vez por todas reconocerle a la fuerza policial el lugar que merecidamente le corresponde en la mesa de la democracia, que no es mas que la personería gremial que viene reclamando la Asociación Profesional de Policías de la Pcia. De Buenos Aires (Apropoba), para defender los derechos de los trabajadores policías y velar por las óptimas condiciones laborales, que no solo mejorará el nivel de vida de los uniformados, sino que redundará en un mejor desempeño y una mejora en la prestación del servicio publico de seguridad.

Finalmente hemos de recordar a fuerza de reiteración, que de poco servirá. Ni patrulleros modernos, ni armamento, ni planes, ni descentralizaciones, ni reformas de ninguna índole. Nada será suficiente si primero no se atienden las necesidades básicas del personal policial.

La seguridad no la hacen las estructuras, ni las armas, ni las leyes, ni los edificios, ni las computadoras, ni los laboratorios, ni el microscopio, ni los patrulleros. La seguridad la hacen posible los seres humanos que manejan estos elementos, convenientemente entrenados, bien pagos y bien tratados. Los policías de la provincia de Bs As, de las distintas agrupaciones y sub escalafones. Con mucho sacrificio y dedicación, y con mucho riesgo de la propia vida. Es a ellos que el gobernante debe dedicarle genuina y especial atención.

Y por favor, ya dejen de ofrecernos jabón por queso…!

(Noviembre 10 de 2010.)

15 de agosto de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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TENGO MIEDO DE QUE NO ALCANCE…, de CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

Tengo  miedo de que no alcance…

 

Mucho circo, mucha inmediatez, casi que puedo percibir el olor de:” ahora me toca a mí”, por parte de la “justicia hasta ayer ausente”.

Y ya no es el camino de la justicia, se convierte en teatro vengativo y no sirve.

Del sainete a la fantasía hay un paso. Y quedan allí todas las esperanzas del PUEBLO, convertidas en simples quimeras, torpes gestos de imprudencias que alejan a la verdad de su altar y la llevan al fango, donde se revuelcan los defraudados y la miseria es reina y destruye al hombre.

Espero que la seriedad de esa JUSTICIA, de la que tanto esperamos, nos devuelva las esperanzas y que la escena  del abanderado en “patas” de esa humilde escuela de Misiones y su valiente maestra, no vuelva a repetirse NUNCA MÁS.

Y si esto fuere cierto, la poca lona que tengo me alcanzará para el circo.

Agote: 7/7/2016.

 

Carlos R. Massacane

Srio. Adjto. APROPOBA

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EN LA LUCHA POR LA SEGURIDAD, HAY PERIODISTAS QUE JUEGAN EN CONTRA…!!

 

A pocos meses de asumir el gobierno las nuevas autoridades electas, en el orden nacional, provincial y municipal, reaparece con un ímpetu que se podría decir inesperado un verdadero tsunami  de robos y los denominados “secuestros exprés”. La verdad que es extraño. El gobierno provincial al menos, en esta materia, parece estupefacto quizás por la sorpresa o por la impotencia de no saber qué medidas tomar, que resulten eficaces y con resultados favorables, que alimente un poco la esperanza de una sociedad atribulada por el miedo. Tampoco dicen la verdad acerca de las causas.

Simultáneamente vemos y oímos en los medios televisivos, un constante desfile de denunciadores; opinólogos; periodistas supuestamente especializados; y expertos que jamás hablaron con un delincuente; nunca enjuagaron las lágrimas de una víctima violada; ni pasaron jamás noches de vigilia junto a la familia desesperada de un secuestrado. Siempre los mismos, gastan litros de saliva dando diagnósticos con datos que solo están en su imaginario y en leyendas urbanas; o lo más fácil y barato, que es pegarle con alma y vida a los únicos que a pesar de todo, y de todos, trabajan y arriesgan de verdad por la seguridad de la gente. Los policías.

A estos personajes, estrategas de café, solo les interesa el protagonismo para justificar lo que ganan con algún asesoramiento privado, o bien para alzarse con algún puestito oficial de medio pelo que les permita vivir “de arriba”. No se imaginan cual es la realidad vivida diariamente desde un patrullero, o desde un vehículo no identificable haciendo inteligencia criminal, rastreando delincuentes. Y no contribuyen en nada a la solución del problema; por el contrario, pareciera que están atizando  el fuego  para que se extienda.

Miren sino este ejemplo: Días pasados, por la mañana, un importante periodista y conductor de noticiero, refiriéndose a la ola de secuestros, se dirigió a las fuerzas de seguridad y jueces, y mirando fijamente a la cámara dijo y reiteró: “…ustedes son una manga de inútiles...” No le importó nada, la cantidad de policías que mueren por año cumpliendo con su deber; tampoco le importó un pito que todos los días y todas las noches, miles de policías salen a las calles enfundados en sus uniformes, con una pequeña arma de puño, a vérselas con avezados delincuentes criminales con más y mejores armas, cumpliendo con la palabra empeñada con la comunidad, aún a riesgo de sus vidas.

Este señor periodista sabe perfectamente que las fuerzas policiales no tienen casi margen de discrecionalidad administrativa. Todo su accionar ha sido absolutamente reglado por un enorme e intrincado andamiaje compuesto por leyes, decretos, reglamentaciones, resoluciones, circulares, órdenes verbales, etc., con un importante beneficio para los delincuentes.  

Debería entonces, dirigirle sus críticas y sus insultos a los arquitectos de esta estructura jurídica, a los únicos responsables de esta tragedia sin fin, a los Legisladores pasados y actuales de la provincia de Bs As, y a los ex gobernadores, que año a año fueron homologando el estado hemipléjico en que han puesto a la fuerza policial del Estado más importante del país. Saben los periodistas que a los policías les retiraron todas las armas largas; que las escopetas las llevan cargadas con munición de goma; que tienen prohibido interrogar a un sospechoso; que no pueden revisar el baúl de un auto sin orden judicial; que no practican tiro; que se tienen que comprar sus uniformes cada vez más caros.  Y como si todo ello fuera poco, tienen que batallar contra no pocos jueces garantistas saca presos, dispuestos a procesar al policía que tan solo le haya levantado la voz al delincuente.  Si, los periodistas lo saben. Son cómplices de la inseguridad y conspiran contra quienes todos los días le ponen el pecho a la adversidad, sean los  policías o los vecinos en permanente riesgo. Los únicos beneficiados son los delincuentes.

Sin ningún tipo de miramientos y sin más sustento que la imaginación, le endilgan a la fuerza policial poco menos que ser la organizadora de los asaltos. Predisponen a la gente en contra de los uniformados. Hablan de zonas liberadas; de bandas mixtas (civiles y policías); de policías retirados o echados; de delincuentes con pistolas “de las que usa la policía” (como si fuera difícil conseguirlas en el mercado negro); de delincuentes preparados, profesionales. No saben nada, no tienen la menor idea de la idiosincrasia de los delincuentes, de cómo piensan y cómo actúan. Esto no significa que neguemos o descartemos la participación de algún delincuente de uniforme en alguno de los hechos, pero de allí a acusar a la fuerza de estar comprometida con el delito hay mucha distancia.

Algo tan grave como estas acusaciones al voleo, es el silencio de las autoridades civiles que comandan a la fuerza policial, que parecieran avalar tales difamaciones. Esto sí que es grave porque produce mucha indignación entre los uniformados, e inevitablemente se cae en el desgano; y otra vez la comunidad paga las consecuencias. Es que a nadie se le ocurriría decir que los hospitales están comprometidos con el tráfico de recién nacidos, por más que exista algún hecho con complicidad de médicos o enfermeras, porque cundiría la desconfianza y las mujeres no tendrían un lugar donde ir a parir sus hijos tranquilas. Han logrado ya que la gente desconfíe de ir a las Comisarías.

Volviendo al principio, reconocemos que es real la reaparición abrupta y numerosa de bandas. Hay algo de mutación de delitos, como siempre. Pero también hay algo más por dilucidar. Pareciera que coincidente con el cambio de gobierno, muchos delincuentes egresados de cárceles, que tenían algún trabajo precario o en negro, por obra del famoso “ajuste” han perdido el beneficio y optaron por su viejo oficio. No creo en lo que se dice por ahí, de que esos delincuentes estarían cumpliendo alguna misión encomendada por gente interesada en debilitar al nuevo gobierno.

De cualquier manera, desde APROPOBA reiteramos nuestra exhortación de siempre dirigida a nuestros camaradas. Que hay que sobreponerse a las dificultades y a las ingratitudes; redoblar los esfuerzos y aguzar la inteligencia para torcerle el brazo al delincuente. Y cuidarse de los corruptos de adentro y de afuera, que son muchos más. Y prepararse constantemente. La sociedad para desarrollarse, producir riquezas, para trabajar, estudiar, para esparcimiento, necesita un marco de seguridad adecuado y para ello se requiere una policía vigorosa, con leyes acorde a la necesidad de los tiempos. Esto se va a dar cuando la sociedad se lo exija a sus representantes, los Legisladores, y los policías hagamos respetar nuestros derechos.

07 de Junio de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de organización de APROPOBA

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CON EL OJO EN LA TORMENTA II, Nota de CARLOS MASSACANE, Secretario Adjunto de APROPOBA

 

CON EL OJO EN LA TORMENTA II

 

Si creyeron que no iba a levantar la voz en la protesta, por el solo hecho de sentirme conforme con cambio, se equivocan. No han de verme errar en la partida. Ni a despreciar un convite habiendo oportunidad.

Nos están “bolaceando” con medias verdades: “están tan mal preparados que no les daría un arma” (si la prensa no miente). Y aquí devuelvo la pelota y les digo: vuelvan al viejo crisol de los Centros de Formación (Escuela de Oficiales Juan Vucetich – Escuela de Suboficiales y Tropas, Escuelas de Especialidades. Actualizadas a las necesidades actuales y con proyección a un capital humano de conducción a  diez / quince años. Si que es verdad que piensan a largo plazo.

Devuelvan el sentido de pertenencia, respetando a los hombres y mujeres que entregan  todo en aras de una vocación – igual para enfermeros, maestros y médicos hospitalarios. Ningunos de estos son “trabajadores”, son  personas únicas, tocadas por la varita de la solidaridad sin fin. Claro está que Uds., tal vez nada conozcan de esto. Vuestro objetivo es otro: ¡el poder!

Veo a los nuevos Policías locales de a tres o cuatro, pero solos, sin tutores, sin que se les trasmitan experiencias. El policía lo es todo en la calle. Y no proveerle el respaldo de un veterano, es abandonarlo a su suerte. Nada reemplaza la experiencia de un buen Sargento. Así como ninguna academia de “chamuyo perdido” reemplaza la disciplina que educa la vocación.

Tampoco hace primavera un chaleco antibalas. Cuidar al que nos cuida es otra cosa. Es legislando su proceder con seguridad jurídica, sin el temblor de la duda “qué hago”, “qué debo hacer”. Legislar una carrera que le permita tener la seguridad de que no se equivocó en su elección de vida.

Que no lo estafen con una obra social vaciada de todo contenido y con dirigentes no elegidos y sospechados de robar con carretilla. Que su suerte ante los riegos  traumáticos de su trabajo, no quede en  las intenciones e  interés mezquinos de una ART.

Una Plana  Mayor que sea clara como el horizonte cuando amanece y no maliciada de los peores delitos.

El mal hacer, pudiendo hacer bien, es como el mar. Hondo y cruel: señor Ministro de Seguridad.

Mercedes - 29/05/2016.

 

Carlos Roberto Massacane

Srio. Adj. de APROPOBA 

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RITONDO, VIDAL Y EL NIHILISMO POLICIAL, nota de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

Desde hace varios días el diario HOY, uno de los dos más importantes de la ciudad de La Plata, viene denunciando hechos concretos de corrupción por parte de la cúpula de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. No se trata de hechos aislados, sino de una metodología delictiva institucionalizada cuyos mayores beneficiados serían el Ministro de Seguridad Cristian Ritondo y el propio Jefe de Policía Pablo Bressi. Una especie de banda organizada tendiente a hacer caja mediante la recaudación ilegal, para lo cual fueron colocados en los lugares estratégicos, oficiales superiores que terminan siendo los gerenciadores de ese autofinanciamiento que los enriquece ilícitamente.

Nadie del gobierno ha dicho nada, y no pueden esgrimir desconocimiento; entonces vuelvo a recrear en mi memoria algunos compromisos asumidos por la Gobernadora María Eugenia Vidal, como el de defender al buen policía que cumpla con su deber, y no puedo menos que sentirme defraudado absolutamente.

¿Ministro Ritondo y Gobernadora Vidal, ustedes están protegiendo potenciales delincuentes?

¿Por qué no salen a desmentir los dichos del diario HOY, o es que no tienen argumentos y esperan el momento de hacer cambios?

¿Saben, de ser cierto, que mientras tanto están siendo co partícipes encubridores y faltando a los deberes del funcionario público?

En cualquier caso señores gobernantes, ustedes no tienen ningún derecho a jugar con el honor de quienes estamos retirados ni el de nuestras familias, porque ésta inacción esclarecedora nos perjudica en la interacción social. El que calle otorga, y yo - como seguramente muchos - no estamos dispuestos a permitirlo. Con su cúpula policial hagan lo que les plazca, pero cuídense de alimentar dudas y ofensas gratuitas a quienes no tenemos nada que ver y solo somos espectadores pasivos.

Mientras tanto, se me ocurre que quizás la clase política argentina haya sido víctima del mismo parálisis moral que afecta a nuestra otrora gloriosa Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Demuestren con acciones concretas que no es así.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

EL NIHILISMO POLICIAL

 

Tratando de entender el sentido a los espasmódicos encuentros grupales que llegan a mi conocimiento, y fundamentalmente los temas o motivaciones que inspiran esas reuniones entre el personal - particularmente el retirado y jubilado - de la policía de la provincia de Buenos Aires, no puedo menos que sentirme inducido a concebir la idea de resignación, ante lo que entiendo como un renunciamiento a los absolutos éticos, en los que tanto invirtieron nuestros maestros, con esmerada dedicación.

Lástima que solo se trate de degustar ocasionalmente el plato y la bebida preferida, el postre y alguna que otra anécdota del pasado. El abrazo, los besos de despedida y la promesa de un nuevo encuentro es todo. Ese es el universo del hombre policía, tan estrecho y devaluado.

No reniego de mi estado ni de las decisiones de los demás, solo las sufro, y es factible que esa inducción sea solo emocional; pero luego la intelectualizo y termina siendo una convicción. Quizás tenga mucho de repudio a la inacción, o de una valoración supra ante la verdad incuestionable del paso del tiempo, del tiempo cronológico que hemos dejado pasar, y desperdiciado en no hacer más cosas trascendentes, o simplemente en hacer. Siento que cada vez me queda menos vida útil, en términos de resto físico y hegemonía intelectual, y eso sinceramente me es suficiente para decir todo lo que tengo ganas de decir, y hacer lo que me haga sentir pleno, guste a los demás o no.

No creo en el acompañamiento de nadie hoy; nuestras organizaciones pseudo representativas gestionadas por policías están anquilosadas, solo subsisten en el marco de los oprobiosos límites costumbristas, mañana no lo sé. Lejos están los dirigentes del Circulo de Oficiales o del Centro de Oficiales Retirados de promover debates y foros superadores, porque se consideran hechos, que han alcanzado la cumbre de todas las cosas y encumbrado sus vidas públicas. No todos pensamos igual.

En el imaginario policial, los extremos de dignidad y ascensión desgraciadamente ocupan solo una lejana utopía para unos pocos, o un idealismo ingenuo y extemporáneo propio de boludos para la mayoría, con lo que progresivamente se van olvidando y dejando de lado los principios y convicciones que enaltecen al ser, en un medio donde generalmente se elige estar, antes que ser. En la competitividad por el premio de mayor atesoramiento material no hay lugar para examinar la objetividad del ascenso ético, porque prima la negación rotunda de fundamentos altruistas, que son concebidos como espacios de conductas misteriosas, intrigantes y contrarias a las perspectivas materialistas; nadie entiende o quiere entender al sujeto virtuoso; lo evitan, se alejan de él y de sus acciones. Su integridad incorruptible entraña un peligro potencial para las prácticas y los objetivos que subyacen en la superficie de las aguas turbias, estancas y contaminadas en la que navegan institucionalmente, en consecuencia deviene abstracta la pretensión de una consciencia clara, transparente del bien, que enaltezca al hombre y que determine que éste deba convertirse en esclavo de sus propios y excelsos mandamientos. Ergo, no hay acción desde la magnanimidad.

En algún modo - tomar distancia de la virtud - es una reacción automática de la consciencia desvergonzada frente a la fuerza moral de otra.

La resultante no puede ser otra que la indiferencia, la desidia por lo trascendente, una desidia de tal entidad que nos impide pensar - entre otras cuestiones - en la posibilidad de articular una auto crítica sana, honesta y constructiva, eludida por muchos años de conformismo institucional, por resultar funcional a nuestros más bajos intereses.

Somos especialistas en dilapidar prestigio, honores y virtudes.

No declamemos por los policías muertos en acto de servicio, si nada hacemos por él en vida, ni por nosotros mismos. Por lo menos seamos coherentes y honestos con nuestros procederes y llamémonos a silencio.

La ansiedad pantagruélica tiene más poder de convocatoria que el valor de la honra o la dignidad policial. No digo ni quiero significar que esté en desacuerdo con éstas concurrencias en camaradería, al contrario; sostengo que una comida - allende la gula - puede ser la excusa para promover la asistencia corporativa con otros fines, como el de debatir la idea de encarar cuestiones más profundas que son inherentes a todo bien nacido, y especialmente a los dignos retirados y jubilados de la Policía de la Provincia de Buenos Aires; hablo solo de los dignos policías, porque los indignos se auto proscriben o se auto discriminan solos; no tienen nada para aportar, ellos lo saben; no esperemos que les interese.

Cualquier cosa puede ser motivo de interés y eje de la convocatoria, excepto que la cuestión sea de carácter institucional, en cuyo caso el fracaso estará asegurado. Increíble, pero cierto.

Si finalmente podemos superar ésta inexplicable actitud, que creo que es de carácter psicológico, un estado de confusión mental por el que se relativizan las cosas importantes, y si nos lo proponemos podemos ser muchos más en torno de una gran mesa, teniendo en claro que lo fundamental y determinante estará en la sobremesa. Es necesario asumirnos como aptos y capaces, y entender que el umbral de la auto estima es alto, porque aún nos queda inteligencia y fuerza ética como para emprender una tarea de esclarecimiento interno, con argumentos dirigidos a cambiar el eje en la relación policía-comunidad. Es necesario comprender también, que en ésta espiral vamos a estar peor de lo que estamos, y que en lo que a nosotros compete, es decir intentar la construcción o el establecimiento de un renovado prestigio institucional, la doctrina y la mística pueden ser revitalizadas con la formulación de una nueva e ingeniosa teoría argumental basada en valores simples, lejos del relato épico, que sean capaces de regir renovados principios en la interacción social. La epistemología policial y una nueva concepción. No será otra cosa que la de llevar adelante un proceso metodológico fundado en el conocimiento empírico, que es una forma del conocimiento científico, o sea una verdad al fin.

Es hora de que podamos salir a la calle con la frente alta por el honor de pertenecer a una institución honesta y eficiente, dejando atrás equivocaciones y posturas personales que fomentaron el personalismo celular, y con ello la división interna que aún hoy persiste como una regla no escrita. Pero en algún momento hay que empezar y desde ésta certeza común a todos, nunca será tarde. En todo caso, ni siquiera importaría el resultado final porque lo verdaderamente importante reside en el intento.

He asistido a algunos de éstos eventos con la esperanza y la avidez de que finalmente se tome esa decisión única y excepcionalmente oportuna como es la de comenzar con la reconstrucción de una historia colectiva que merece ser re escrita con el aporte de todos, de todos los que estemos dispuestos a admitir la práctica o la omisión de muchas de las cosas que nos llevaron a éste estado, en la firme convicción de que estamos enriqueciendo una parte substancial de ella, esa que espera, esa que no hemos abordado aunque es posible hacerlo con compromiso y sentido de pertenencia; advierto y lamentablemente temo que muy pocos entiendan de éstas cuestiones subjetivas, o lo que es peor, de nuestro propio honor.

La negación retroactiva o presente de todo hecho auto referencial, pero no de cualquier referencia, sino de aquella tiene que ver con una línea de conducta interior que produce efectos en la acción visible, obedece - a mi entender - por lo menos a tres causas:

La primera, por desconocimiento e ignorancia en cuanto al alcance del ejercicio espiritual; el examen de consciencia infunde temor por las propias dudas internas que yo calificaría de inseguridades, las cuales pueden llevar a la necesidad de reconocer intrínsecamente el recorrido de caminos o conductas equivocadas, y quizás también, a admitir posicionamientos ideológicos que en ese análisis rigurosamente crítico asoman inesperadamente como estadios sin ningún vigor; en suma, es la falacia de tener que admitir la objetividad de un pobre y soslayado esbozo ético sin fuerza vinculante, sin arraigo, solo un estado de ánimo fugaz que colmó las expectativas de una personalidad confusa, que fue incapaz de inducirlo a la búsqueda del éxtasis moral y que adoptó como norma de conducta, una conducta superficial, sin compromiso, que excede cualquier intento de reivindicación individual o colectiva.

La segunda por una decisión egocéntrica basada en el personalismo, la frivolidad y la soberbia que lo hace sentir superior a la media, características que definen un estilo o una forma de vida.

La tercera por la vergüenza al arrepentimiento en público, o solo por el arrepentimiento aunque íntimamente, antes se haya arrepentido una y mil veces. En todos los casos hay un componente importante de miseria y cobardía que termina siendo el patrón, la referencia saliente.

No pierdo el tiempo en los tibios que nunca salieron de las penumbras o de una conducta ambivalente. Pienso en sentido activo, en aquellos claramente definidos que por un lado pregonan valores y virtudes, e incoherentemente por otro niegan y resisten, con enunciados vacuos, el desafío de comprometerse en un ámbito de sensata discusión. Reniegan de todo disenso, tal vez acostumbrados a impartir ordenes absolutas de cumplimiento forzado, casi con obsecuencia frente a la amenaza de la sanción. Desconocen la teoría del pensamiento crítico o lateral como la vía por la que metodológicamente se construye un consenso genuino, que es la base de cualquier edificación seria. Les tienen, como sostengo anteriormente, temor al ridículo, no a la expresión inusual exterior propiamente dicha, sino a la insalvable e incontenible pulsión interior, convertida en reacción imposible de disimular, que los pone en situación de tener que admitir una controversia con sus propias consciencias, lo que equivaldría a admitir sin eufemismos, que nunca tuvieron una percepción ética o una evidencia moral para iluminar sus acciones públicas, o si las tuvieron prefirieron la obscuridad.

Es todo un desafío encarar el proceso por el que - sin dudas - se re descubrirán, tal vez con un enfoque de vulgaridad. Mediocres e intrascendentes pensamientos les serpentearán por los bordes de sus esquizofrenias auto suficientes, psicóticas posturas que se esfuerzan en defender desde la fragilidad del conocimiento relativo y ficticio, y en fijar un particular orden en la escala de valores propios, donde no existe la virtud. Parten de premisas falsas toda vez que no han conocido más que simples hechos azarosos, inconexos; fugaces brillos para el beneplácito del ego que no dejan nada de lo que realmente necesitamos, sabiduría.

La matriz evolutiva de éstos pasajeros rumbosos y efímeros de la realidad policíaca, que no ven o no quieren reconocer una consciencia superior en el ser íntegro, tiene una lógica establecida; representa la propia antítesis o el anti sujeto, o el anti sistema o definitivamente el anti yo. Tienen una marcada y deliberada inclinación a menospreciar, y poner en un mismo plano de igualdad los merecimientos con oportunismos o especulaciones, y en esa vulgaridad del pensamiento básico y elemental, muestran sus miserias más detestables como la diatriba, el rumor malintencionado, el descrédito, la injuria, el infundio y toda clase de ataques arteros. No pueden permitir que haya funcionarios que trasciendan desde consignas diferentes, desde el reconocimiento de los demás, desde la honestidad intelectual o desde sus propios mandamientos morales. Interactúan en un contexto umbroso, sombrío, con apariencia de gentilhombres y no son más que copartícipes declarados o no con un fin determinado, el de seguir sosteniendo a cualquier precio la retórica sofística sin advertir que - en realidad - solo subsisten refugiados en la cueva de la contaminación, y en ella todos se parecen, pasan desapercibidos y se reconocen entre sí.

Ser así - reitero - obedece a una opción, a un modo de vida contra la que rebota cualquier iniciativa de cambio.

No están, ni estamos o estuvimos familiarizados con la práctica del respeto reverencial ante los paradigmas que enaltecen; la promiscuidad grupal quedó al descubierto con nuestros retiros o jubilaciones al asumirla y examinarla desde la distancia, o para ser más exacto desde afuera del sistema. En actividad formamos parte de ella, y cada vez que éstos raros atributos superiores se transformaban en la cualidad más saliente del sujeto al mismo tiempo se lo negaba, se lo censuraba, y se lo consideraba un pelotudo importante y peligroso. Bastarda y necia postura; la supina ignorancia de quienes nos sostuvimos y se sostienen en la imbecilidad del ego y el narcisismo. El merecimiento en el otro ciertamente conmueve, moviliza, de modo que uno se rinde solemnemente en primera instancia ante él , el merecimiento, y de manera transitiva ante las acciones del merecedor. Este y su conducta moral son el vehículo con el que se llega a ese estado superlativo, sin declamaciones ni enunciados. Pero no lo vemos o no lo queremos ver, o quizás éste estado no sea para nosotros.

Decía uno de mis maestros, “vivir dignamente en sociedad, cuesta muy caro”.

El hedonismo (placer) en la teoría ética rechaza el interés por lo moral. La teoría Epicúrea (filósofo -341 a -271) se basa en la percepción sensorial, es el fundamento de todo proceso de conocimiento para conocer la verdad. Para Epicúreo había un solo mundo, el material que se podía conocer a través de los sentidos. Es probable que jamás hayamos leído a éste pensador, sin embargo toda nuestra obra policial estuvo fundada en las urgencias utilitaristas y fundamentalmente materialistas en un contexto de superficialidad esnobista, tendiente a vendernos de cuerpo y alma al mejor postor.

A partir de éstas practicas tan elementales como fructíferas, en términos de atesoramiento y dominio de corto, mediano y largo plazo, fuimos perdiendo humanidad; la des humanización necesariamente es eso, la supresión de los dictados de la consciencia por la mediocridad, por la horizontalidad que nivela hacia abajo, por la conversión de la persona en sub persona, por la transformación de una consciencia moral en una consciencia libertina. De allí a universalizar todas nuestras acciones hubo un solo paso; el paso al vacío que nos depositó en éste presente de desencuentros, donde asistimos a la muerte ética y a la imposibilidad de trascender. Ya ni capacidad de prédica nos queda, también la hemos perdido; porque otra deuda importante que tenemos, es la de no haber construido nunca credibilidad. Como vemos, la promiscuidad individual y colectiva es incompatible con el crédito social.

No abrigo ninguna esperanza de que se produzca una reformulación de la dignidad, del honor o de nuestra propia obra pública, no hay voluntad de análisis retrospectivo que nos posibilite por caso, entender por qué somos como somos, como hemos sido y como seremos. No espero que nadie promueva el establecimiento de ningún debate, básicamente porque a nadie le interesa reivindicarse, porque no hay culpas asumidas. ¿De qué me tengo que reivindicar? o ¿de qué me tengo a arrepentir?, son soberbios supuestos de perfección, incorporados en el imaginario de la mayoría, tan firmemente concebidos que terminan siendo cuasi convicciones, incompatibles con otras que no sean consecuentes con ellas.

La indiferencia, es directamente proporcional al desprecio y a la desconfianza cada vez mayor. Solo podremos hablar de nuestro pasado policial en un contexto de aislamiento social entre quienes estamos en la misma situación, o entre los afectos del hábitat que nos ha visto vivir la vida desde chico, como son nuestros vecinos que cultivan un sentimiento diferente, casi por obligación o por educación. Fuera de esto, sentiremos vergüenza de decir que somos o fuimos policías, y los que nos escuchen se encargarán de que percibamos ese desprecio.

Me resisto a concluir que no fuimos, no somos ni seremos capaces de enriquecer la historia, de emanciparnos definitivamente, que no tenemos entidad ni identidad, como tampoco - por lo visto - autoridad.

En mi caso debo confesar una inmensa gratificación por un lado y una profunda tristeza por el otro; cada vez que escribo u opino en éste sentido lo hago desde mis propias experiencias, desde el proceso cognitivo que me dio conocimiento y verdad, una verdad relativa que está dispuesta a enfrentarse y debatir con otras verdades; no ya desde lo moral, o desde lo ético, o desde la simple mala costumbre de criticar, o del uso compulsivo del lenguaje por medio del cual nos comunicamos; lo hago desde el raciocinio argumental, desde el convencimiento pleno y consciente de haber sido antes un inmoral, un anti ético con sus consecuencias, que va de suyo, no significa haber alcanzado el clímax redentor que me induce a caer en la soberbia para decir lo que digo, ni a arrogarme una autoridad o una estatura que ciertamente no tengo; muy lejos estoy aún de ello, aunque me subyuga la idea de la búsqueda.

La pesadumbre que me provoca la indolencia la convierto en nimiedad con solo recrear el respeto a mi padre muerto que me inició en ésto; estaré siempre en contra de ésta inmovilidad o complacencia inaceptable, y procuraré en lo que esté a mi alcance que la policía, su gloriosa policía, vuelva a ser lo que fue para él y lo que tiene que ser para nosotros; motivo de alto honor, solo para elegidos. A los 15 años, cuando ingresé en la Escuela Juan Vucetich debí jurarle que iba a ser un buen policía; siento que lo logré a medias, me hubiera gustado tenerlo para acometer ésta empresa juntos. A lo mejor decidió morir antes para no ver éste sainete de estilo “Vaccareccista”; la más triste e inimaginable degradación, convencido de que la suya sería insuperable.

He llegado a la conclusión que la policía de hoy en Argentina reconvierte los productos en subproductos, los sujetos en sub sujetos, las culturas en sub culturas, a las personas en sub personas, o ciudadanos de primera en argentos de segunda, y a los agentes en delincuentes con uniforme. Nosotros, los que llegamos a ella con una moral en construcción, cuyos cimientos fueron obra de nuestros padres y del entorno en el hábitat de la región donde nacimos y crecimos, terminamos como nos muestra éste penoso presente; envilecidos, arruinados, despersonalizados. El ser trascendente, el valor y la virtud o una consciencia rectora del bien supremo fueron aspiraciones fallidas, incompatibles con la misión ordinaria y bastardeada del control social que - hay que decirlo - muchos rechazan por un lado, y otros reclaman por el otro. La sociedad, mayoritariamente con un concepto amplio de libertad, entiende la labor policial como un trabajo sucio, y razones no le falta. La muerte del agente es un crimen del que nadie se hace cargo y no puede ser revestida de entrega épica sino como consecuencia de una sub estimación del valor de la vida propia y ajena. En el mejor de los casos la registra como una consecuencia propia de la actividad, y en el peor como un ajuste de cuenta. La diáspora moral, la simplificación, la reducción del ser y del deber ser nos ha convertido en lo que somos, una cáscara vacía, un desecho, un resto miserable que solo provoca desconfianza en medio de una sociedad inquisidora y demandante.

Brillante definición de un camarada al reproducir el titular de un diario marplatense. En un evento cultural “había más policías que personas”. Ese es el nivel de consideración que la comunidad tiene de nosotros; esta aseveración constituye toda una definición, y al mismo tiempo, una verdad que a nadie parece avergonzar.

Días pasados, un camarada del interior con toda razón me decía que los policías somos indigentes en el conocimiento que nos hace auto suficientes. Estuve a punto de pedirle que no se subestimara, pero al fin de cuentas es una verdad de Perogrullo; yo le agregaría que es una característica propia de nosotros y de lo que representamos, el autoritarismo, la necedad, la soberbia, la desconfianza, la mentira, la violencia, la falsedad, el auto financiamiento ilegal, el enriquecimiento ilícito, la sociedad con el delito, el gatillo fácil, al represor, y todo lo más repudiable de una institución devastada.

Esto es el resultado de habernos detenido, adquirido, e internalizado conocimientos y prácticas fundadas en las subjetividades, en imágenes falsas de la realidad; de habernos alejado de las cuestiones centrales que dignifican al ser, de haber subestimado la virtud, de haber capitulado frente a las tentaciones y traicionar aquella advocación que alguna vez - aún impolutos - tuvimos. Es por eso además, que renunciamos a sostener enhiesta la bandera del bien propio y ajeno porque implica apego y sometimiento absoluto, lo que nos ha convertido en compañeros por un rato, amigos en la bonanza, y si el rédito lo justifica, en traidores de tiempo completo.

De aquel entonces a hoy, la misión policial se ha precarizado; el proceso de descomposición no se pudo detener y hablar de quienes fueron los responsables amerita otro análisis.

Lo cierto, irrefutable y desgraciado es que el agente público es una figura decorativa vegetando en las calles de las ciudades; un autómata, un robot a cuerda que solo responde a una pantalla que lo mantiene conectado al mundo, pero a un mundo ficticio, el mundo virtual que le impone normas diferentes de interacción. La alquimia y las urgencias de todo tipo llevaron a la mutación en los ideales de unos y otros; antes era la herencia familiar o el mandato vocacional que incidía de manera determinante en la voluntad del aspirante a policía, hoy solo es la necesidad de la salida laboral, fragmentada, auspiciada y manipulada por los caciques políticos de las distintas regiones de la provincia de Buenos Aires.

Como verán, en lo que a mi respecta estoy haciendo catarsis introspectiva al decir que me he arrepentido de muchas cosas, y he encomendado mi alma a quien tenga la autoridad de examinarme en el juicio final, aquí o en otro lugar; he pedido perdón por los graves errores cometidos y no lo digo en sentido religioso, lo digo en sentido literal. Creo haber pagado mis cuentas; he sufrido pérdidas irreparables y daños profundos; he dado más de lo que recibí. Pero todo eso me dio como resultado el saber de que se trata y de lo que estoy hablando.

Yo conocí al hombre obrero de su propia consciencia, y no fue solo uno felizmente, lamento no haber tenido en ese instante, en ese lugar único y ante ese ser irrepetible, la sabiduría para convertirme en discípulo, tomarlo de ejemplo y asimilar sus conductas morales. Nunca sabrán que dejaron huellas, aunque solo sea una; ésta que procuro recrear en mí.

Ellos nacieron en la función pública íntegros y como tal vivieron, naturalmente; en cambio yo los descubro luego de haber conocido las intrigas propias del ser leve y perfectible. “Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante”. Jorge Luis Borges.

Aspiro finalmente a no haber herido la susceptibilidad de nadie; véanme simplemente como quien esboza un pensamiento lateral con sentido de auto crítica, una auto crítica entre ciegos, sordos, y mudos, hasta ahora.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

15-05-17.

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Comentarios publicados en Facebook acerca de la nota de MIGUEL REYNOSO sobre la inacción del COR

 

Serafín Sobral ADHIERO, APOYO Y DIFUNDO, Y QUE A LOS DIRECTIVOS DE LA VERGÜENZA. DEL COR, SE LES CAIGA LA CARA POR INEPTOS, NO MERECEN EL CARGO QUE OCUPAN, SON UNA DECEPCIÓN PARA TODOS LOS ASOCIADOS.¡¡¡QUE RENUNCIEN YA!!! COMPARTO.

Daniel Adalberto Godoy Adhiero estos personajes a mi no me representan RENUNCIEN!!!

José Luis Belfiore Así jamás terminara la esclavitud hacia el personal POLICIAL.

Roberto Jorge Salomón Con mucha pena uno ve los pequeños baches que afectan a todos, y mas cuando esto se maneja solo en La Plata, porque además es una mera decisión de unos pocos... Y un error de concepto o un intencionalidad sin consensos lastima la unión que no aleja de los derechos........Muchos Subalternos, entre los que me incluyo, pensamos en el COR como uno de los lugares serios apuntando a representarnos, nadie niega los manejos hasta espurios de personajes que le hacen mal al conjunto con sus contubernios, si lo sabremos nosotros.......Representación o sindicato es el futuro aunque muchos lo nieguen pero debe madurar y en eso apoyo a los luchadores del proyecto, REYNOSO, para mi es una pieza fundamental. Siendo del interior no lo olvido visitando las Delegaciones por derechos y siguiendo esa línea me duele saber que habiendo hecho ese esfuerzo no esté en el consenso......Repito lastima, y espero recapacitemos pues hay que hacerse a la idea de que esta nueva administración debe cambiar algunas miradas, la anteriores nos dejaron la desidia en muchos aspectos pero en esta etapa los retirados podemos ayudar......Cuando hay personas que se comprometen habrá logros que celebrar, la Caja, Sociales y el Fondo de Ayuda financiera lo avalan, por eso a mi entender, debe cambiar la llegada y la mesa de tratamiento........POR FAVOR QUE NOS DEVOREN LOS DE AJUERA.......

Osvaldo Cea COMPARTO CONCEPTOS

Mario Roberto Deshusses Comparto totalmente la nota de Miguel Reynoso, a la que le agrego ante el olvido de las autoridades del COR CENTRAL, que en ambas Cámaras de Legisladores Nacionales, se presentaron proyectos de Sindicalización Policial, por parte de distintos bloques, inclusive uno firmado por la actual Ministro de Seguridad Nacional la Sra. PATRICIA BULRRICH.

Mario Roberto Deshusses EXPEDIENTE 2932-D-2012

El Senado y Cámara de Diputados... firmado por la Sra. Patricia Bulrrich, hay que buscar en GOOGLE...........

Roberto Jorge Salomón Bueno, a no desfallecer, es de creer que son las mas los que lo quieren.......

Osvaldo Virgilio Lofiego es una absoluta verdad

Néstor Lucca estos personajes a mi no me representan y a ustedes tampoco. QUE RENUNCIEN YA. QUE TANTAS VUELTAS AL ASUNTO.

Ricardo Jordán QUE ESPERAN DE LOS DINOSAURIOS QUE TOMEN EL TREN BALA?

08-05-16.

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Nota recibida

Adhesión al contenido de la última editorial de APROPOBA

 

Sr. MIGUEL ÁNGEL REYNOSO

SECRETARIO GENERAL DE APROPOBA:

 

Por la presente solicito se publique mi adhesión a su editorial del día 26/04/16 resaltando a los fundadores del COR que en su art. 1ro. del estatuto tiene una finalidad gremial que a pesar de grandes luchadores como Fernández y otros, hasta la fecha no se ha logrado nada, por las resistencias de nuestros propios camaradas, ya sea por formación o genuflexión, se entregan al poder de turno y no hacen reclamos y asesoramientos, sobre la problemática institucional y de la seguridad, nos conformamos con nada, nos vasta contener estatus de representación y en algunos casos puntuales alguna ventaja, esta anomia produce desanimo, desinterés y descreimiento en nuestras instituciones.

 

EDNIO JOSÉ LLORENS

Comisario General (ra)

27-04-16.

Nota original

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LOS POLICÍAS RESULTAMOS PERJUDICADOS POR LA ESTAFA AL IOMA, nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

LOS POLICÍAS RESULTAMOS PERJUDICADOS POR LA ESTAFA AL IOMA…

 

El Instituto de Obra Médico Asistencial,  más conocido por sus siglas IOMA no es la mejor obra social, pero tiene todas las condiciones para serlo. Sino la mejor, debería estar entre las primeras del país. Claro, si no fuera por ese grupo –que si siguen escarbando serán una multitud- de atorrantes y ladrones que se dedicaron siempre, como parásitos,  a chupar la sangre de los afiliados obligatorios, que somos todos los empleados de la administración pública provincial. Esos malvivientes durante años fueron ordeñando los aportes de los trabajadores en beneficio propio, mientras que el Instituto mermaba año tras año beneficios. Nos quitaron el médico a domicilio y otras prestaciones fueron acotadas. Ni hablar de la burocracia cada vez mayor, que según nos decían era para evitar fraudes. Cobros indebidos por parte de profesionales con la justificación de que IOMA les pagaba con mucha demora y siempre menos de lo correspondiente.   Y los afiliados siempre cargando sobre sus espaldas el costo de todas estas cuestiones.

Ahora se supo. Puertas adentro del Instituto estaban los delincuentes que poco a poco consumían nuestros aportes y nos perjudicaban. Cada vez menos descuentos, cada vez más medicamento sin cobertura, cada vez más genéricos de baja calidad. Abiertamente algunos médicos nos decían: “si queres curarte, no consumas este genérico que cubre IOMA…” 

En síntesis, es la bronca de muchos camaradas que en estas horas se comunican con APROPOBA y preguntan que se va a hacer en defensa y reparación de nuestros intereses agraviados. 

La pregunta que me hago ahora, tratando de interpretar el descontento y con toda la indignación del mundo, es: ¿Otra vez más nos vamos a quedar callados como pusilánimes, viendo como nos robaron, contemplando los enjuagues que van a hacer estos corruptos para salir airosos de la investigación judicial?

Mi propuesta o mejor dicho mi requerimiento, es que el Centro de Oficiales Retirados (COR), con profesionales propios o contratados, y conforme a las obligaciones emanadas del Estatuto –recientemente reformado- ( “Artículo 1º apartado b) El estudio, defensa y protección de los intereses y derechos profesionales, previsionales,  salariales y sociales de los retirados, jubilados, pensionados y en actividad  del Personal de las Policías de la Provincia de Buenos Aires, bregando además por la permanente exaltación de los valores éticos que acompañan al adecuado ejercicio de la profesión Policial…”) se presenten ante el Juzgado interviniente, sugeriría con amplia difusión de prensa, y en representación de todos los afiliados damnificados, intenten ser admitidos como parte querellante, y actuar en consecuencia.

De una buena vez el COR debe hacerse visible. No lo hemos visto en estos días gestionando en gobierno por nuestros haberes a pesar de que ahora se puede, y según lo publicado por el camarada Vacarezza difícilmente lo hagan. Apenas una acción por el Impuesto a las Ganancias, que solo perjudica al segmento superior de la fuerza;  loable intención por cierto, pero a mi criterio insuficiente.

Personalmente no tengo ninguna duda sobre la honestidad y capacidad de la CD, por lo tanto sería bueno una adecuada reacción. Creo que si no comenzamos a defendernos de verdad, actuando corporativamente, seguiremos padeciendo injusticias y toda clase de atropellos. Debemos hacer valer nuestros derechos.

Abril 11 de 2016.

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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Y SEGUIMOS ESPERANDO EL CAMBIO EN NUESTRA PROVINCIA, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

Y SEGUIMOS ESPERANDO EL CAMBIO EN NUESTRA PROVINCIA…

 

Gran incertidumbre y hasta sorpresa se vive en estos días en el seno de la policía de la provincia de Bs As; incertidumbre que con el correr de las horas y en base a contradictorias informaciones oficiales, se va transformando en decepción y en angustia. Toda la familia policial teníamos –y tenemos- esperanzas  de que, a juzgar por los discursos oficiales, finalmente, las bondades del cambio tan propalado  y esperado, también serían derramadas sobre los azules.

Tal posibilidad parece alejarse, al verificarse que las autoridades políticas del Ministerio de Seguridad han encarado la solución de los problemas de la peor manera. Invirtieron el orden de las prioridades. No supieron distinguir lo urgente de lo importante. Por empezar a abordar la problemática de la inseguridad reinante, se debió partir de un par de premisas de hierro:

1.-No se puede pretender una policía eficiente y que cueste poco. La seguridad pública es el servicio más costoso de la administración estatal; y

2.- El hombre/mujer policía es el encargado de hacer cumplir la ley, en ocasiones mediante la fuerza; fue armado por la sociedad del primer estado argentino para que la defienda, aún a riesgo de su propia vida. Su trabajo está considerado por la OMS entre los de mayor riesgo y estrés; la interminable lista de policías caídos en el cumplimiento del deber es prueba irrefutable.

En base a ello es que la sociedad-estado, mayor aportante al presupuesto nacional, debería considerar la retribución salarial a su policía, acorde a su eminente función social, insalubre y de alto riesgo; es decir entre los más altos de la administración pública. Asimismo crear, en forma permanente, una línea de crédito del Banco de la Provincia de Bs As accesible para todo el personal policial, destinado a la adquisición de vivienda única. No se puede seguir con policías con sus familias instalados en las villas de emergencia. Es inadmisible.

Dijimos que las autoridades han encarado la solución de los problemas de la peor manera, porque abordaron el tema invirtiendo el orden de las prioridades. Comenzaron por el final. El equipamiento que realmente es muy importante; la fuerza policial tenía –y aún tiene- una carencia enorme de medios que son esenciales para la función policial, no obstante no era prioritario ni urgente. Y dejaron lo primero para el final: Las necesidades del personal policial, que, además de importante, si son urgentes. Los hombres y mujeres de carne y hueso, los que todos los días y todas las noches se enfundan en su uniforme y salen a la calle a lidiar con lo peor de la sociedad, a ellos los dejaron pagando, como se dice en la calle. Erróneamente intentaron aportarles un paliativo a la angustia económica, aumentado la tasa de las horas de policía adicional (que pagan los contratantes). Es decir, el personal debe procurarse su propio “aumento salarial” trabajando en días de franco, resignando el descanso y la atención familiar, para hacer servicios adicionales que le permitan completar la canasta familiar. No tuvieron en cuenta el riesgo exponencial para el propio personal y la comunidad, que significará los policías en la calle con sueño, extenuados,  estresados y consecuentemente desganados.

Hace seis años en el cruce de las rutas provincial  46 y Nacional 5, subí a mi automóvil un policía uniformado que hacía dedo. Tenía 25 años de antigüedad. Prestaba servicios en Junín, había viajado 100 km al sur, hasta Bragado donde vive y tiene su familia, y en ese momento estaba viajando hacia el Nor-este, más de 200 Km hasta Tigre, a cubrir servicio de Policía Adicional en el Casino. Al día siguiente retornaría por ruta Nacional 7 hasta Junín, a su servicio habitual. Le pregunté cuando dormía. “Un poco en la Comisaría y algo en el patrullero” me contestó.

La semana pasada (marzo de 2016), seis años después, sobre ruta Nacional 5, transporté a otro policía que viajaba a dedo. Una mujer. Se domicilia en el partido de Alberti, presta servicios cerca de Mercedes a 100 km al este y viajaba a cubrir servicio de policía adicional en un pueblo distante a 80Km al sur-este de su domicilio. Como se podrá apreciar, desde hace seis años al día de hoy, algunas cosas siguen igual.

“Tenemos que cuidar a quienes nos cuidan...” El estado no debería permitir que sus policías padezcan este sacrificio adicional e innecesario, de tener que viajar permanentemente restando tiempo al descanso y a la familia, para ganar un peso más que les permita llegar a fin de mes. En principio desde el Ministerio se debería verificar que este manejo inhumano del personal no ocurra nunca. Y si ocurre, los responsables deberían ser sancionados y relevados de sus cargos. Una de las tantas obligaciones de quiénes conducen personal, es velar por el bienestar de sus conducidos, interiorizarse de sus problemas y procurarles soluciones. Estas dos situaciones comprobadas a seis años de diferencia, muestra el estado de orfandad en que está el personal subalterno.

Hay corrupción en la policía provincial. Siempre hubo. Pero lo que antes era excepciones que escapaban a los controles que existían, hoy es causa de mucha preocupación, en los policías más veteranos, la evidente falta de control y falta de disciplina que termina favoreciendo el crecimiento de la corrupción. Todos los bonaerenses, comenzando por los propios policías, necesitamos una institución transparente, donde se haga un culto de la decencia, de la rectitud, del mérito, del cumplimiento de la misión. El gobierno y los policías deben ser implacable con los corruptos de toda clase y cualquiera sea la repartición a que pertenezca el mal funcionario, sea o no policía. Para ello se deberá contar con la fundamental y decisiva acción de los buenos policías. Pero si estos ni siquiera pueden pagar los servicios esenciales, ni abastecer a su familia de la indispensable alimentación y vestimenta; si tienen que  reemplazar su descanso y esparcimiento por servicios adicionales, para no descender a la indigencia; si sus camaradas heridos sufren merma en sus haberes de bolsillo y no les pagan lo que les corresponden, entonces no será fácil consustanciarlos con la consigna. Es imprescindible y urgente modificar esta realidad, también heredada de sucesivos gobiernos anteriores. El estado provincial tendría que compensar el trabajo de los uniformados con una escala salarial absolutamente remunerativa, sin mezquindades ni odiosas chicanas, partiendo de un básico suficiente para que el efectivo pueda  vivir dignamente y, lo más importante, que pueda avizorar un retiro decoroso. El servicio de policía adicional (Pol.Ad) es legalmente voluntario, por tanto debe ser una opción y no una obligación por su pobreza. El enorme esfuerzo inhumano de los policías, uniformados, viajando cientos de kilómetros para poder llevar la comida a su casa, está en contra del espíritu de toda norma laboral. En estas condiciones cualquier proyecto estará irremediablemente destinado al fracaso, como lo fue durante muchos años, hasta ahora. 

La Asociación Profesional de Policías de la Provincia de Bs As (APROPOBA) como las demás organizaciones que representan a la familia policial, intentando interpretar el sentir de la mayoría, hemos celebrado la asunción del actual gobierno. Y  a pesar de las operaciones de prensa que pretenden instalar la idea de que la fuerza policial conspira con reclamos desestabilizadores, en estas horas desde APROPOBA estamos exhortando a todos nuestros camaradas a acompañar la gestión de las flamantes autoridades, como lo hemos hecho con todos los gobiernos, conscientes de la difícil situación económica y financiera de nuestra provincia; a no perjudicar a la población –que nos necesita más que nunca- con interrupción de los servicios. Estamos convencidos que solo trabajando mucho y bien se logrará vencer a nuestros detractores de siempre y podremos recuperar el prestigio que supo tener nuestra centenaria policía.

Nuestra esperanza ahora está dada por las personas que conforman el actual gobierno, que hacen gala de una gran vocación democrática y de construir a partir del dialogo plural. De ellos esperamos un trato decoroso, en igualdad con el resto de los trabajadores de la provincia.

Abril 10 de 2016

 

Jesús Evaristo Scanavino

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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PASADO, PRESENTE Y FUTURO, nota de opinión de HUGO ALBERTO VACCAREZZA

 

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

LA POLICÍA PROFUNDA

 

Escribía allá por el año 2008.

Convivimos en una sociedad que asimila con llamativa facilidad e indiferencia todo lo malo que se contrapone a la cultura social, y en menor medida todo lo bueno que mejora la interacción. El esnobismo supera al ingenio y la creatividad. Una sociedad estigmatizada por sus propias contradicciones; la historia es rica en ejemplos. Consumimos con una voracidad salvaje diarios y noticieros ávidos de información, en muchos casos solo para alimentar la arrogancia y la vanidad que llevamos adentro, derivada de un individualismo impío donde el alrededor no existe, y en otros para entretener la desdicha de saber que estamos cada vez peor aunque con renovadas esperanzas. Podríamos extendernos en el análisis de “lo que es bueno y lo que es malo”, aunque lo dejaremos para otra oportunidad, mientras tanto cada uno puede hacer su propio análisis.

Asistimos a la ignominia de las tragedias cotidianas, como a los decomisos de drogas por la influencia del narcotráfico firmemente instalado, a accidentes de todo tipo, viales y domésticos, a violaciones y toda clase de ultrajes al pudor, a la violencia de género, al secuestro de personas, al despojo violento de la propiedad, al asesinato, a la pedofilia, a docentes pederastas, a la pornografía infantil y a tantas otras calamidades. El respeto por los derechos humanos del otro no es más que una utopía; se hace referencia a ellos demagógicamente según la génesis de la ideología o el sentido del oportunismo. Todos somos humanos, pero algunos tienen más derechos que otros en esa escala jerárquica no escrita. Ergo; algunos son humanos de primera, y otros humanos de segunda.

Unas veces clamamos piqueteando ruidosamente por justicia, otras nos invade la indiferencia, y al final inexorablemente nos olvidamos de todo hasta que otro hecho mediático vuelve a mostrar nuestra cara más hipócrita. Cualquier discurso – especialmente el político – meticulosamente construido y destinado a transmitir lo que queremos escuchar endulza nuestros oídos y nos envalentona el ego, porque en principio pensamos que es quien más se parece a nosotros; piensa igual, y entonces nos convertimos en acérrimos defensores –más que de su ideología – de su persona siguiendo aquella constante del ser argentino en función de la cual sigue más a las personas que a los programas de gobierno. ¿Por qué no adherir al mismo, acompañarlo y convertirlo en aspirante destacado de la política, y en un potencial dirigente que promete tenernos en cuenta y cumplir todos nuestros sueños?. Esta fórmula oportunista de uno y otro lado acaba siempre legitimando mandatos populares en la representación parlamentaria o en otros estamentos y en los espacios de la élite política. Traición a la naturaleza del mandato y decepción de los seguidores es un final anunciado; las deudas nunca las pagará; ya llegó.

Una sociedad marcada por la permisibilidad que engendra violencia y criminalización, que abusa de la libertad tomándola como una mascota de la modernización o del progreso.

La misma sociedad – como sostiene el catedrático español Dr. Manuel López-Rey y Arrojo en su libro Opresión, Violencia y Permisibilidad – en la que los padres se conducen  como los hijos, quienes a su vez no les respetan ni temen y tal actitud significa libertad; los maestros temen a sus discípulos y se doblegan ante éstos, quienes por su parte les desprecian; los jóvenes se conducen como los mayores y desafían a éstos tanto de palabra como de hecho, y los viejos ceden ante los jóvenes y se conducen respecto a ellos en forma familiar y con tolerancia. El muchacho malo del pasado que huía de la casa, hoy se mantiene en ésta e intimida a sus padres; el creciente interés por lograr lo que se estima felicidad o satisfacción personal, la repulsa a la castidad, el abandono temprano de la escuela por que le deja un sentimiento de independencia, la decadencia del respeto religioso, el auge de lo científico, de la multitud de teorías psicológicas y sociológicas con efectos exculpatorios, del deficiente papel de la educación, del excesivo tiempo libre, la tendencia a trabajar menos adhiriendo a la ley del menor esfuerzo, la reducción del sentido de la responsabilidad, etc. etc. etc.

No es ésta la oportunidad, ni soy yo el más indicado para profundizar y examinar las causas que nos llevaron a éste presente, aunque las intuyo.

En ésta idea me pregunto si vale la pena reflexionar sobre el pasado, sobre las cuestiones del conocimiento empírico, o sencillamente si exteriorizar un pensamiento no implica asumir el riesgo de aparecer frente a la complejidad del momento como un arrepentido extemporáneo o un moralista redimido. A lo mejor, como sostiene su autor, “mejor que escribir un libro de memorias es escribir un libro de olvidos”.

De todas maneras ya lo estoy haciendo, por lo que seguiré adelante y trataré de ser particularmente preciso respecto de quienes, entiendo, han tenido una cuota de complacencia en subsidiaridad con el proceso de desarraigo institucional cuyas causas trataremos de analizar, y especialmente puntual con relación  a  quienes tuvimos la mayor responsabilidad, y al mismo tiempo la inmensa satisfacción de haber sido policías en la Provincia de Buenos Aires.

En éste sentido debo dejar en claro que ejercito la autocrítica desde lo personal y que las expresiones u opiniones vertidas, no necesariamente representan el sentir o la opinión de mis camaradas.

Si uno no decide alguna vez en la vida la elaboración de una autocrítica retrospectiva, olvidará sus orígenes, no entenderá el presente y perderá de vista el futuro. ¿Por qué?.

Porque solo el soberbio o el necio se resisten a esa especie de examen de consciencia; la soberbia es la necedad de asumirse como el mejor, como el perfecto, el infalible; la que siempre niega u olvida el estatus inmediatamente anterior; el presente es lo que quiere que sea, es él frente al espejo, y el futuro ya lo ha resuelto, es él viviendo hoy. Según su concepto, son los otros los que tienen que forjarse un futuro para parecerse a él que ha sabido ascender por los escalones del materialismo. La espiritualidad y el sentido humanístico es la antítesis de éste sujeto.   

Decimos insistentemente que todo tiempo pasado fue mejor, yo no estoy tan seguro de ello, de lo que sí estoy seguro, es que fue diferente.

Distinto; eso es exactamente lo que nos ocurrió en un tiempo no tan lejano a quienes como yo, hemos superado la barrera de los 65 años de edad, con más de 33 años ininterrumpidos de servicio activo en la corporación, y hoy nos encontramos en situación de retiro. El momento del alejamiento hacia la pasividad conlleva una gran carga emotiva imposible de describir con palabras en aquellos casos de profundos y apropiados sentimientos de pertenencia; es una unidad monolítica, el hombre sin la impronta institucional nada hubiera sido y ésta sin ese guardián íntegro y de fidelidad altruista, tampoco. El uno para el otro han ido de la mano por el largo camino de la vida azul, plagado de trampas y baches, por ese sendero imposible de prever, por ese túnel del tiempo en medio de la obscuridad de la ceguera social, y en una curva violenta, imprevistamente, el hombre puede quedar inmóvil, impedido de seguir transitando el suelo cenagoso de la jungla para emprender el vuelo eterno. A partir de ese instante  habrá que iniciar un proceso de reciclado para integrarse a la sociedad civil, de la que es más lo que desconocemos que lo que sabemos. Es todo un curso acelerado de búsqueda para encontrar el lugar, a veces lleva años y otras veces nunca se encuentra.

¿Saben por qué?.

Porque para un policía no existe otro entorno que no sea el de los camaradas uniformados, el de los compañeros presos, muertos o mutilados en cumplimiento del deber, el de los sacrificios, el de los renunciamientos, el de la abnegación, el de la humildad, el de la disciplina, el de las necesidades insatisfechas y el de la solidaridad social. Ese es el único mundo que conoce y al que le ha entregado los mejores años de su vida. Es muy acotado, allí ha desarrollado su vida profesional, en ese escenario exigente y si se quiere absolutamente excluyente. Esto es lo bueno, aunque no hay proporcionalidad entre costo y beneficio.

Lo malo – visto desde una concepción universalista - comienza en la relación cotidiana con lo marginal por un lado y el sometimiento a la discrecionalidad del superior político, policial o judicial por el otro, lo va endureciendo, forjando un sentimiento de refugio exclusivo, y además asimilando un principio de auto suficiencia y autoridad ficticia que lo hace ver al civil transgresor como el descarriado que hay que disciplinar, y esa es su obligación. Entiende su misión desde una perspectiva peyorativa y autoritaria hacia los demás, se vanagloria como si tuviera a su alcance la facultad de resolver los problemas de drogadicción, de asaltos, de violaciones, de violencia de género, etc.etc.etc.,y solo con la policía actuando libremente, con límites elásticos, proclive a la propia exculpación y a la justificación de los demás. Se victimiza a manos de la sociedad que dice no entenderlo y exige respaldo ciego de la institución y de los jueces. Es una cuestión cultural la de entender la problemática social y la de caer fácilmente en la simplificación. Se siente imprescindible y en cierta medida lo es, porque la tarea policíaca no puede ser delegada. Excede con frecuencia los límites analíticos de las cuestiones criminológicas reduciendo todo a una falacia en la que no repara, no advierte o directamente ignora. Se muestra irrespetuoso, escaso de palabras pretendiendo reafirmar esa tan cuestionada autoridad con ademanes y actitudes pretendidamente firmes o gestos adustos como buscando que el otro se amilane y termine dándole la razón, una razón que pocas veces lo asiste. Recibe la crítica racional del ciudadano como un ataque a su persona y no como la posibilidad de discusión.  Recela de los derechos o de los límites de éstos, cuestiona – aunque en soledad – que los delincuentes tengan más derechos que él, de la teoría garantista, pasando por alto  que la naturaleza del garantismo es nada más ni nada menos que garantizar el goce de todos los derechos y garantías, incluidos los de él, claro. Duda habitualmente en la resolución de conflictos en la vía pública, no está seguro de su propia actuación, en consecuencia trata de evitarlos para no correr riesgos de ser objeto de reproche administrativo o judicial. Vive conectado al mundo exterior por medio de su celular sin reparar que acontece a su alrededor. Asume un mundo propio, un mundo irreal que por cierto lo irá apartando cada vez más del mundo real, porque – vale recordarlo – el cumplimiento del deber en la policía requiere darlo todo, desde la propia vida – que no justifico bajo ninguna excusa - hasta los escasos momentos de descanso en el seno de la familia. El policía convierte a su compañera de vida en madre y padre a la vez; en su confesora, en su administradora, en la jefa del hogar, en la maestra que enseña y disimula frente a los hijos sus largas y ausencias, en la enfermera que cura sus heridas, en amiga, amante, esposa y en cierta medida en una simple empleada doméstica complaciente. Concibe al otro, al civil que ha debido compeler dentro de los límites del control social, como el que nunca lo tuvo en cuenta; el que lo arremete, el que lo desacredita, y el que lo estigmatiza con indisimulable desprecio. ¿Y qué quieres? ¡¡¡Es un policía!!!¿Qué podemos esperar de él?. Jamás se preguntará cuánto tiene él de culpa.

Al tomar distancia de la actividad se adquiere una perspectiva del todo y no solo de una parte, circunstancia por la cual es posible plantear un análisis lógico, reflexivo, libre de presiones propias o exógenas que nos aproxime a la verdad, una verdad que quizás sin querer estemos buscando por primera vez, para saber cómo hemos sido o como debimos ser. Es necesario dar el paso previo de armonizarse uno mismo antes que procurar armonizar con los demás; que significa desnudarse de cuerpo y alma para empezar nuevamente a vestirse con las prendas de las verdades que va descubriendo, para bien o para mal, pero con absoluta honestidad de consciencia. Nadie puede mentirse a sí mismo en un proceso de arrepentimientos y revelaciones porque como respuesta a esas presunciones del ideal, no nos responde la inteligencia con una sabia sentencia, nos responde la voz profunda de la consciencia moral que nos gratifica o nos avergüenza.

Va de suyo que éste ejercicio será la consecuencia de una decisión personalísima, fundada en los propios cuestionamientos de las cosas que como inherentes al ser humano nos ha tocado vivir, o más precisamente como partes fundamentales de una vida policial. 

Desde lo institucional, la autocrítica es una asignatura pendiente.

Pero vayamos por parte:

Corría el año 1965, escuela de Policía Juan Vucetich, todos aspirantes provenientes de familias de clase media, todos, o la mayoría, adolescentes que seguían la tradición familiar o simplemente buscaban encontrar en esa misión un espacio para hacer realidad su vocación de servicio; todos con pautas culturales diferentes según el lugar de donde geográficamente proviniera, en mi caso, del interior de la Provincia de Buenos Aires. Vocación?; quizás. No teníamos muy en claro el alcance ni significado de ése valor. Sabíamos que no podíamos volver derrotados al seno de la familia que tanto se había sacrificado para que nosotros estuviéramos ahí, frente al gran desafío de lo desconocido pero al mismo tiempo subyugante, atrayente; por lo menos ese fue mi caso. Era la primera vez que estaba frente a la posibilidad cierta de aprender a construir autoridad, pero no cualquier autoridad sino aquella de los hombres éticos que mis abuelos y mis padres me habían internalizado en las charlas campesinas de sobremesas familiares. No era la autoridad del autoritario la que yo aspiraba, era la autoridad ética de los humildes servidores, y consagrarme a ella estaba allí nomás, a unos pasos hacia delante de mi vista alzada, del otro lado del puesto 1; allí, debajo del arco, donde los viejos cadetes de guardia nos decían que teníamos que dejar colgados los huevos que recuperaríamos cuando volviéramos a traspasarlo con el diploma bajo el brazo rumbo a la vida eterna, porque desde ese momento glorioso e irrepetible, moriríamos siendo policías y los policías no mueren nunca, sobre todo si han dejado huellas indelebles de entrega y sacrificio póstumo. Por entonces lo único que podía dejar un policía honesto, íntegro como herencia, era solo las enseñanzas de valores y virtudes fundadas en principios irrenunciables y ejemplos de austeridad; una austeridad compulsiva, una austeridad auto impuesta como consecuencia de una paga insuficiente que nunca reprochaba; una especie de mendicidad encubierta en la que nadie reparaba. Pero ¿quieren que les diga una cosa?, nadie pensado en eso, yo tampoco.

No me importó, creo que siempre tuve una natural inclinación hacia las conquistas personales, o mejor dicho hacia las cosas que me hacen sentir pleno, auténtico, en paz con el espíritu y el alma; supe luego que esas cosas se denominaban actos de dignidad.

Tres años de pupilaje alcanzaron a nuestros maestros para terminar de moldear nuestro carácter e inculcarnos valores y virtudes como la moral, inherente al fuero interno de cada uno de nosotros y al respeto humano; la ética, aplicada a todas nuestras obligaciones; la dignidad, para ocupar los cargos y ejercer la autoridad; el valor, como cualidad del alma que impulsa a acometer grandes empresas y a afrontar sin temor los peligros; el deber, al que nos somete la moral y el derecho; la autoridad, que deviene del poder para ser ejercitada con justicia y humildad; el mérito, para hacerse merecedor de premios; el prestigio, para ganar autoridad, y el respeto representado por la consideración y el miramiento hacia los demás.

Internalizamos las enseñanzas, y con un profundo sentido de pertenencia institucional, nos largamos a la aventura de recorrer el camino de la consagración.

Impolutos y con el despacho como carta de presentación, nos destinaron a cumplir con el mandato, a los lugares más disímiles de nuestro territorio bonaerense.

Allí comenzamos otra etapa nueva y desconocida, veamos:

Nos encontramos con dependencias policiales que funcionaban en la más absoluta precariedad, edificios destruidos por la acción del tiempo y la despreocupación de quienes debían mantenerlo, algunos viejas viviendas de otrora, clubes que prestaban sus instalaciones, anexos de escuelas, casas particulares alquiladas con años de deudas de alquiler, las más confortables estaban en los pueblos del interior con las tradicionales fachadas de dependencias oficiales generalmente ubicadas frente a la plaza principal. También con un serio problema de alcoholismo y analfabetismo entre el personal, que alcanzaba a todas las escalas y desnaturalizaba el sentido de la jerarquía, de la disciplina y el deber de obediencia, pues oficial y agente bebían juntos, en servicio o fuera de él.

El juego de azar clandestino del “pase inglés” en la cuadra de las dependencias los días de cobro de sueldos era impostergable, una norma no escrita. Cena en la larga mesa y luego una manta sobre ésta para neutralizar el ruido de los dados que se desplazan impulsados por un cubilete rumbo a la suerte o la ruina. Recuerdo a muchos que esas tardes, noches o madrugadas terminaron perdiendo el sueldo íntegro, y entre todos hacíamos una colecta para que pudiera llevar algo a su casa, a su familia. Al otro día seguramente iba a pedir un adelanto de sueldo a la cooperadora policial o al comisario; a nadie se le ocurría conseguir dinero por otros medios. ¿Inconscientes? Sí. Pero ser policía implicaba ser adicto a algunos vicios que formaban parte de ese folclore fascinante. El cabaret era otro de estos pasatiempos; en cada uno de ellos había una medio novia y medio mina que cuando el efectivo llegaba, se dedicaba a él exclusivamente y hasta pagaba las copas entre arrumacos y mimos.  En la noche ruidosa de luces multicolores, de risas, de música y el tintinear de las copas, entre las prolongadas penumbras se entrecruzaban policías, ladrones, explotadores 840, capitalistas de juegos y todo el abanico de los que caminan al filo de la ley. Estas chicas ligeras de ropas asentían a una fidelidad sin límites con su macho azul y lo abastecían de información criminal para que se destacara en un potencial y gran procedimiento policial, a raíz del cual seguramente ascendería para orgullo de ambos. Ella nunca aparecería como la soplona o como se la llamaba “buchona”; se la cuidaba, se le daba algún peso y se la esperaba a que terminara su turno y juntos partían rumbo al frenesí temporario con un turno en el hotel de mala muerte, el más barato, o en la precaria residencia de ocasión. Muchas de éstas relaciones terminaron en matrimonios ejemplares y excelsas familias.

Predominantemente el analfabetismo estaba instalado en la franja de suboficiales y tropa, no pocos apenas garabateaban lo que pretendía ser una firma que se fue subsanando progresivamente mediante oportunas iniciativas del gobierno por las cuales maestros o maestras, hijos de policías en muchos casos, daban clases en las propias cuadras del personal en las dependencias, y los instruían básicamente hasta poder desenvolverse por sí mismos en la lectura y en la escritura, con eso bastaba para la época.

Recuerdo especialmente a un agente conocido como “el negrito Ayala” que cuando tenía que firmar pedía poner el dedo; un paisano correntino, morocho, de baja estatura pero habilísimo con el cuchillo, siempre andaba visteando en la cuadra con algún otro vigilante que remedaba los lances entre “el zorro” y el sargento García que terminaba ridiculizado. Recorría solo y a caballo por los inmensos suburbios de tierra del oeste bonaerense acompañado únicamente de su facón, el rebenque y su revólver Orbea 38 largo; nunca tuvo necesidad de usarlo, con el fierro – como él lo llamaba – le alcanzaba.

Se jactaba a viva voz “Mi comisario, si en lugar del sargento Chirino hubiera estado yo, Juan Moreira no habría muerto clavado por la espalda; yo lo hubiera hecho arrodillar a planazos limpios para enseñarle a respetar a la autoridad”.

Una noche, estando yo de servicio denuncian que en la zona del cuartel V, unos kilómetros al norte, había un borracho en la puerta del rancho agrediendo de palabras y de hecho a los parroquianos que pasaban por el lugar; sabía por los antecedentes que en compañía de sus hermanos era peligroso, llamo al inconfundible negrito y le digo: “Traeme a ese borracho que está haciendo lío, vas a tener que ir solo porque no tengo más personal, pero tené cuidado, si están los hermanos pegá la vuelta y vemos lo que hacemos”. Salió al galope tendido como si fuera a pasear; pasaban las horas y me empecé a preocupar por lo que le podría haber ocurrido. Como a las 9 de la mañana, habían pasado como 11 horas, llegó a la comisaría con los 4 hermanos caminando, casi arrastrando, atados entre sí con una soga asegurada a la cincha. Sin siquiera apearse, desde la calle gritaba “¡¡¡Acá los tiene, mi comisario!!!”, observo por el gran ventanal y no lo podía creer, uno en calzoncillos, otro descalzo, y los otros dos con algunos raspones y sangre en la cara y la escasa ropa hecha harapos. ¿Qué hiciste negrito?, ¡nada mi comisario, tuve que hacer un poco de fuerza porque estaban desacatados!!!Único e irrepetible. Lo de mi entrevista con el Juez de Paz tratando de explicar que Ayala había usado la fuerza necesaria para reducirlos, es otro capítulo, pero no me olvido de la pregunta a boca de jarro ¿cómo lo hizo solo?. Solo respondí “no sé, es Ayala…”. Me miró fijamente con una sonrisa bonachona, se levantó tras el escritorio y me tendió su mano sin decirme nada. Ese hombre no tenía título de abogado pero llegué a admirarlo profundamente por su inagotable sabiduría. Resultó ser más paisano que Ayala; su apellido comenzaba con la letra T y terminaba con A. QEPD.

El alcoholismo siguió siendo un problema por años, jamás fue neutralizado por completo.

Presos de confianza que hacían la limpieza del organismo, los mandados o le cebaban mate al comisario que vivía aislado, encerrado en su despacho, y al que por semanas enteras ni veíamos, mucho menos podíamos consultarle alguna cuestión, el mismo al que habíamos imaginado como maestro rector de nuestro perfeccionamiento. Seguramente tenía que ver con su pretendida omnipotencia, derivada de la propia ley, pues tenía las mismas atribuciones y prerrogativas que un juez, excepto dos o tres disposiciones que se referían a las garantías individuales y derechos consagrados por la C.N. como el allanamiento de domicilio o la prisión preventiva.

Viejos policías que nos miraban con la desconfianza de aquél que teme ser descubierto, como por ejemplo que habían llegado a oficial “a dedo”, como llamábamos a aquellos superiores que no eran de carrera, al haber sido designados por algún caudillo político, muchos años antes. Muchos impresentables, otros brillantes.

Oficiales que se peleaban por atender determinados casos, quizás por alguna dádiva. De otros temas cotidianos nadie quería hacerse cargo. El policía hacía de Juez de Paz cada vez que uno de los dos en la pareja hacía abandono del hogar; de médico o curandero cuando curaba con palabras heridas de amor, o de cura cuando unía o volvía a unir a la pareja disuelta. 

Aquellos que con fama de mujeriegos se paseaban todos los días con una dama diferente o se tiraban un lance con la atractiva mujer que había ido a hacer una exposición.  

Y estaban los que todas las semanas cambiaban su vestuario civil para estar a tono con la moda perfumados hasta los talones, o los otros que de buenas a primeras aparecían con un auto y a los pocos meses lo entregaban en parte de pago por uno nuevo.

¡Che pibe, un día de estos te enseño como te podes ganar unos manguitos!,

nos dijo alguna vez, como al pasar y mientras nos guiñaba un ojo, el maduro y pulcro oficial con aires de leguleyo.

Todo se iba tornando demasiado promiscuo pero ese hábitat nos daba un placer desconocido, una sensación de aceptación y rechazo. al mismo tiempo ¿Cómo era que la policía era esto y no lo que nos habían enseñado?, ¿cuál era la policía real; nos habían mentido?. Esta y otras respuestas había que buscarlas  en el tiempo, llegarían solas, sin preguntar.

También existían los buenos misericordiosos que se compadecían de nuestro desconcierto y nos ayudaban a comprender este ajedrez policial con la suficiencia de un padre que aconseja a su hijo. Interminables charlas con los ayudantes de guardia en las noches de desvelo y avidez de saber más; caracterizados suboficiales con generosidad nos iban progresivamente poniendo los pies sobre la tierra en ésta policía real lejos de la policía ideal – que insisto – solo existía en los límites internos de la Escuela Juan Vucetich.

Era natural el impacto y que nuestra formación colisionara contra ese escenario tan distante y socialmente aceptado, una metodología que imponía un sistema de coacción moral difícil de sobrellevar con 18 o 20 años de edad. Éramos noveles oficiales ansiosos por aplicar y hacer cumplir la ley, pero también por descubrir – y porque no, pertenecer o compartir – las bondades de esa misteriosa y contradictoria realidad.

No había demasiadas opciones, o se aceptaban estas reglas de juego o se solicitaba la baja, para lo cual, si no habían pasado más de tres años desde el egreso como Oficial, se debía indemnizar al estado por todo lo que éste había invertido en la formación y capacitación. La remuneración era escasa y ninguna de nuestras familias estaba en condiciones de asumir semejante erogación, así que no quedaba otra salida que la de ser complacientes y seguir adelante.

Lenta y progresivamente el tiempo nos iba proyectando en ese universo conflictivo, cada vez más complicado. De pronto nos encontramos cumpliendo ordenes emanadas del poder político-policial con operativos institucionales tan insólitos como provocadores, recordemos algunos: el operativo anticomunista por el cual hubo que identificar compulsivamente a todas las personas sindicadas como tales, en las distintas jurisdicciones de la provincia; el operativo antirrábico destinado a censar todos los perros vagabundos que deambulaban por la vía pública, dado a que se había incrementado la mordedura de éstos; el operativo aurora, que consistía en detener preventivamente a todo alumno con guardapolvo blanco que en horario de clase anduviera por ahí; el operativo imagen, cuya única finalidad era esa, la de proyectar en la comunidad la falsa idea de que la policía estaba activa, cuando las críticas arreciaban. Recuerdo paradójicamente, que más de un policía fue sancionado por ser negligente en el cumplimiento de éste servicio; dicho de otra manera, se castigaba con arresto la imperfección de una falsedad; el operativo moralidad, que apuntaba a preservar la moral y las buenas costumbres, el de minoridad, que implicaba la detención de aquellos menores mendigos o mal entretenidos y el operativo juegos prohibidos, prolijo y matemáticamente establecido, solo para mantener la frecuencia en la detención programada de personas conocidas y una estadística mentirosa con características de pantalla.

Así fueron pasando los años como omnipresentes fiscales de las conductas ajenas, alcanzando jerarquías, poder, y placeres efímeros, y al mismo tiempo un compromiso creciente con un sistema perverso y contaminante, estresante e inapropiado, que fueron colonizando  progresivamente aquellos valores y virtudes que guiaron nuestros primeros pasos. La avaricia y la mezquindad nos tentó primero y nos atrapó después. No fue culpa de nuestros inocentes y dignos maestros ni de las tentaciones, sino de nuestra propia debilidad para resistir el quiebre.

Luego vino una sostenida influencia militar en la sociedad y en las instituciones, derivada de los gobiernos de facto que aportó lo suyo dejando heridas abiertas que aún no han cicatrizado. Ese intervencionismo dictatorial encerraba en sí mismo, objetivos de poder y de fuerza; poder para modificar nuestra propia estructura y llevar a cabo un plan, y fuerza para establecer una situación de sumisión fundada en la amenaza. La imposición de ésta violencia, acabó desnaturalizando la misión específica de la policía, ahondando el proceso de descomposición. Fuimos usados y despersonalizados, individual y colectivamente.

Cuando en el año 1983 recuperamos el estado de derecho para todos los argentinos, en muchos sectores policiales celebramos y comenzamos a soñar con una reivindicación en lo personal y en lo colectivo, pero sucedió que habíamos pasado muchos años conviviendo con prácticas cuasi inmorales, por lo tanto las conductas tan fuertemente arraigadas, no se modificaron ni los dirigentes políticos se ocuparon de ellas. El sueño se frustró.

No es menos cierto que en medio de una democracia incipiente, el segmento político también dejó lo suyo. Despertaron del letargo compulsivo con sed de recuperar el protagonismo perdido y tan largamente postergado. Necesitaron de la fuerza policial para la reconstrucción del poder territorial. Fue un proceso de acercamiento mutuo y creciente. Desde encumbrados dirigentes hasta simples punteros que asumían el padrinazgo de determinados policías tratando de influenciar en sus ascensos o destinos de privilegio, objetivos que generalmente alcanzaban. Quienes no teníamos – como cita el Martín Fierro – “palenque donde rascarse” tratábamos de imitarlos buscando un operador a la medida de nuestras ambiciones. Estas relaciones convenidas, acababan siendo sociedades encubiertas, donde cada uno ganaba lo suyo. La descomposición política y policial se perfeccionaba.

A nadie nos importó enaltecer la historia institucional, sencillamente abusamos de ella para edificar nuestra propia historia. Nos olvidamos de nuestros hombres más valiosos, los agentes y suboficiales que sin solución de continuidad caían honrosamente en cumplimiento del deber, pero eso sí, concurríamos a sus exequias para entregar ceremoniosamente a la viuda, una bandera y una prenda del uniforme que su esposo había vestido por última vez, con eso habíamos cumplido; ¡cuánta la debilidad junta !, luego nuevamente la indiferencia hasta la próxima víctima, y el motivo de encuentros forzosos; el velatorio al que muchos asistían solo para evitar una sanción disciplinaria, por no cumplir con la orden de asistencia del jefe de turno.

La soberbia nos embriagó y mostrar el costado más oscuro de cada uno de nosotros se hizo cotidiano; la competencia,  la envidia, la ambición, la desconfianza y la indolencia por los demás estaban presentes en cualquier rincón de la organización. Las relaciones interpersonales como factor de cohesión y crecimiento desaparecieron, para dar paso a la construcción del poder individual basado en el materialismo más puro, en lugar del poder institucional trascendente. La predominante adhesión al principio maquiavélico de que “el fin justifica los medios” hizo el resto.

Íntimamente éramos consecuentes con toda la política institucional que se diseñaba en la cúspide de la pirámide, es decir la jefatura de policía, y que estaba específicamente destinada a mantener los privilegios de unos pocos en detrimento de muchos. Esta práctica favorecía las divisiones internas con la conformación de grupos que respondían a tal o cual jefe, los que tarde o temprano terminaban confrontando por los espacios de poder. Aquellos que resultaban vencedores imponían a su parcialidad en los destinos más relevantes, mejor subvencionados y en la cabeza de las listas para el ascenso al grado inmediatamente superior independientemente de la idoneidad, que pasaba a ser solo un detalle, un pequeño detalle. Era ni más ni menos que el pago a una muy conveniente fidelidad, con un marcado sentido mercantilista. Esta vil metodología también facilitaba la conformación de pactos o sociedades encubiertas entre superiores y subalternos.   

Ya se escuchaban por allí voces desde diversos sectores demandando por mayor seguridad y transparencia, criticando la relación de la policía con la comunidad, especialmente los actos de corrupción perpetrados por algunos de sus integrantes. Ni siquiera el oprobio generalizado que siguió, fue suficiente para hacernos ver que era impostergable una autocrítica a partir de la cual se crearan las bases de una profunda reformulación integral tendiente a recuperar el prestigio y la credibilidad que alguna vez tuvimos. Debimos comprender que una policía de excelencia en sus acciones y en sus cuadros permite el sostenimiento de algunas ventajas y privilegios internos, a partir de lo más importante que le puede pasar a una organización estatal; el reconocimiento social. Por oposición, una policía desmadrada, sin objetivos, sin planificación ni autoridad se convierte en una organización con características mafiosas.

Dado el acoso delictivo y la inoperancia policial, no faltaron sectores o grupos sociales que criticaban la mayor permisibilidad y aumento de la criminalidad en el marco de una naciente democracia, añorando el régimen dictatorial ido; era común escuchar, “cuando estaban los militares esto no ocurría”. Voy a detenerme un instante en ésta circunstancia para hacer algunas consideraciones que me asisten como a cualquier ciudadano.

Era entendible aunque injustificada ésta bonanza ficticia. Las tropas militares en operaciones policíacas, provocaban en la sociedad – específicamente en las clases más pudientes, la media y la alta – una sensación de falso proteccionismo frente a las organizaciones delictivas, justificando, ignorando, o lo que es peor, eludiendo sistemáticamente involucrarse en la crítica de jerarquía superior por el crimen más aberrante que se pueda cometer; el golpe de estado del que todos fuimos víctimas  frente a la supresión de los derechos y garantías individuales. La hipocresía en su máxima expresión, a cambio de mantener sus privilegios y posesiones particulares, les  importaba un rábano la dictadura y sus crímenes, que de hecho les aseguraba mejor futuro y más atesoramiento individual o corporativo.

Esa imparcial visión de mayor permisibilidad, no era más que el resultado de la debida observancia por el derecho ajeno y la vigencia de las garantías consagradas en nuestra Carta Magna; el hombre libre en un sistema democrático recién nacido, creciendo y fortaleciéndose progresivamente.

La baja en las evidencias delictivas no quería decir que el dictador no tuviera criminalidad, lo que ocurrió es que por el terror y la sumisión estaba transitoria y forzadamente contenida, pero potencialmente activa esperando el momento para resurgir.

Las bondades de un sistema democrático perfectible, en nuestro caso no se pueden apreciar ni comprender en su magnitud; lo estamos edificando aún por lo que es muy joven en un país sometido durante decenios a sistemáticos golpes de estado, debe crecer y fortalecerse con las acciones de todos los días.

Es cierto, alcanzar la democracia plena no es tarea sencilla, requiere de un proceso de construcción permanente como decíamos, en el que todos sin excepción seamos parte, y de un proyecto de país previamente consensuado. Una democracia imperfecta puede devenir anarquía, lo cual es tan indeseable y proclive al autoritarismo como un régimen de facto.

Para entender esto debemos asimilar toda nuestra capacidad cívica, mantener alto el umbral de la auto estima y de manera irrenunciable proclamar que seremos lo que nos propongamos ser, ciudadanos de primera con derechos absolutos derechos; o lo otro, ciudadanos de segunda con derechos relativos.

No puedo resistir la tentación de preguntarme si a 33 años de haber recuperado el estado de derecho ¿hemos culminado el proceso de construcción democrática? y en su caso ¿cómo estamos?; ¿somos o parecemos ser?; ¿o es que todavía, pese a ésta obra mancomunada y a la globalización de la post modernidad, solo subsistimos atrapados por las viejas antinomias que no nos permiten vislumbrar una sociedad de bienestar y progreso?. Quizás algún día me responda.

Pero volvamos a la esencia de nuestro propósito.

Pregunto, nada más.

¿Era por entonces racionalmente imaginable una policía ideal, comprometida con la sociedad en la defensa de sus intereses, o éramos nada más que una expresión más de la decadencia generalizada?; y en todo caso ¿qué pretendía la sociedad complaciente con nuestras conductas, que no fuera una policía encapsulada, marcadamente represiva, autoritaria e inmoral?. Básicamente era lo que había, una policía acorde con los merecimientos de la sociedad.

Pero además; ¿realmente la sociedad quería y necesitaba la construcción de una policía absolutamente despolitizada, prestigiosa, de excelencia, aséptica, tecnificada, con capacidad de inteligencia y análisis, honesta y creíble en sus acciones?; ¿iba a colaborar y a someterse a las consecuencias?, ¿a quién le convenía una policía con éstas características?; incorruptible, capaz de autodepurarse, de investigar y poner al descubierto asociaciones criminales, con intereses corporativos en los ámbitos políticos, religiosos, económicos, sociales o culturales?, ¿no sería demasiado peligrosa?. Si nos preguntáramos ¿a quién o quienes no le convenía una policía con éstas características?, seguramente encontraremos las respuestas a muchas de nuestras dudas; el abanico de interesados se acota.

En el mismo sentido y para ampliar el concepto, ¿era la seguridad, responsabilidad exclusiva y excluyente de la policía?. Siempre creímos que no, porque los comportamientos humanos des valiosos son de naturaleza cultural o sub cultural, económica, social, ideológica o religiosa. Cuando el delito crece significa que han fracasado las políticas de estado o las improvisaciones de éste, en cuyos diseños la  institución no interviene, es sistemáticamente ignorada. Descargar las culpas solo en la policía es un facilismo inaceptable y el refugio exculpatorio de los ineptos.

De todos modos el tiempo se había agotado, por lo que institucionalmente debíamos tomar decisiones trascendentes y enviar un mensaje de esperanza a la sociedad, producir un crack, un antes y un después, pero en ésta lucha intestina por subsistir, la vertiginosidad de la carrera por llegar primero y la ambición personal, derivada de una concepción donde el interés general se subordinaba al individual, ¿quién estaba en condiciones de “arrojar la primera piedra”?, ¿con que autoridad moral?, ¿quiénes y cuántos acompañarían?, ¿valía la pena el intento?. Hoy, con mis reproches a cuesta creo que sí.

Muchos interrogantes que aún no hemos develado.

La obstinación como una forma de la ignorancia, una mentalidad pedantesca, la falta de iniciativas estratégicamente activas, y la ausencia de una visión prospectiva en los sectores con mando y poder de decisión, nos condujo a un estado de anarquía terminal. Toda la política institucional se diseñaba bajo la influencia de una figura caudillesca; el Jefe de Policía cuyas verdades eran absolutas. Hubo un acompañamiento cómplice cuanto menos indiferente del poder político de entonces, tal vez por aquello de las sociedades encubiertas. No podía ser de otra manera, como oficiales superiores definitivamente claudicamos, y resignamos roles que eran indelegables, como el de ser formadores de nuevas generaciones de policías para el futuro, en el marco de aquellos valores y virtudes que otrora guiaran nuestros primeros pasos. 

Como en todas las reglas, existieron las excepciones, policías probos, íntegros, inteligentes, capaces, y por sobre todas las cosas infinitamente honestos, pero no accedían a los más altos niveles de decisión ni de conducción porque en sí mismos representaban una potencial amenaza, la amenaza de cambiar las reglas de juego de la corporación afectando intereses bien delimitados. Por lo tanto, sus promociones y destinos estaban sujetos a planificadas manipulaciones. La manipulación, repudiable recurso empeñosamente practicado, no solo en nuestra organización. Fueron entonces, una selecta minoría que por tal, carecieron de la fuerza y el acompañamiento necesario para imponer sus convicciones por sobre un sistema corrupto, políticamente correcto. Una vil opción: se era un honesto policía con necesidades en el fracaso, o un deshonesto y  corrupto policía capitalista ganador y sin mayores apremios. En la batalla épica entre el poder ético contra el poder inmoral siempre se impuso éste último.

Exacerbar los logros es como vanagloriarnos por haber cumplido con el deber. Por otro lado, la entidad y contundencia de una autocrítica debe estar fundada principalmente en los desaciertos, nunca en los aciertos que inducen a la soberbia y a la falacia.  

El tiempo implacable, nos fue acercando cada vez más al retiro de la actividad; varias generaciones de jefes y oficiales deambulamos por la vida o lo que nos queda de ella, convencidos de haber vivido un tiempo mejor, para mí como ya expresara, diferente.

Salvo honrosas excepciones, muy pocos solicitábamos el pase a retiro, al cumplir 30 años de servicios como establecía la ley, todos ignorábamos sistemáticamente esa norma y seguíamos estando, algunos para mantener el status, otros especulando con algún golpe de suerte, hasta que nos sorprendía el retiro obligatorio dispuesto por el nuevo jefe que no nos tenía en sus planes. Ese jefe que había llegado a la máxima conducción de la fuerza con los condicionamientos políticos del gobierno que lo había encumbrado, esgrimía la fórmula de la crítica destructiva a la gestión antecesora como si él no hubiera pertenecido a ella. No importaba si el jefe depuesto había renunciado de “motu propio” por defender los altos intereses institucionales, siempre existía alguien dispuesto a sucederlo y aún, a descalificar ésta defensa. Ergo, la ética y la moral bastardeadas, vencidas una vez más.

En tanto desde el gobierno, seriamente cuestionado por los actos de corrupción institucional que siguieron siendo noticias y el alarmante incremento de la actividad criminal, so-riesgo de pagar un costo político incalculable, se vio forzado a ensayar respuestas mediáticas para calmar el humor social. Las explicaciones oficiales fueron – a mi entender – simplistas; todo estaba originado en la corrupción policial, pero con ello no alcanzaba, era necesario tomar la iniciativa política e implementar una transformación estructural en la Policía de la provincia de Buenos Aires.

No voy a abundar en detalles, pues todos sabemos como terminó. Los experimentos e improvisaciones en materia de seguridad pública se llevaron los bienes y la vida de miles de hermanos; la prescindibilidad e inestabilidad laboral a la que fueron sometidos los trabajadores policiales fue la peor herejía jamás imaginada. Nosotros – especialmente mi generación - tuvimos la oportunidad histórica de evitarlo estando en actividad y no quisimos, no pudimos, o no supimos como hacerlo.

Desde los sectores organizacionales con veleidades de firme y continuada representación se deben construir los cimientos de una nueva corriente de pensamiento crítico, asentado en la teoría del disenso para alcanzar un consenso genuino, fuertemente sostenido y orientado al establecimiento de nuevas pautas en la relación policía-comunidad. Es necesario terminar con las estructuras prefijadas y empezar a cuestionarnos las creencias, los dogmas, los mitos, las virtudes y hasta nuestras miserias para definir con certeza, qué y cómo queremos ser hacia delante. Debemos plantearnos la despolitización partidaria de una vez y para siempre, cuyos efectos en términos institucionales, han sido devastadores.

El poder político no debe tener una visión individualista del problema, porque no acierta en el diagnóstico y mucho menos en el remedio. Debe tener en claro que cualquier transformación hay que hacerla con la policía y no contra la policía, a partir del individuo como el centro de una espiral para facilitar y estimular la aparición – en el seno de ella – de nuevos modelos. El declamado esfuerzo por la reivindicación institucional se convierte en abstracto si en ese esfuerzo no se incluye al individuo como el hacedor de un destino de grandeza. Sentimos la necesidad de revalorizar el sentido de pertenencia para oponerlo al de la vergüenza. Reivindicamos el rol de una policía proactiva y no reactiva, al hombre comprometido y no al empleado asalariado disfrazado de policía.

Los pilares fundamentales de una nación que se pretenda libre, justa y soberana, son sus instituciones, a las que hay que preservar tanto como a los hombres. Es por ello que no se puede hablar de refundación institucional que con tanta ligereza se expresan funcionarios del gobierno, porque nunca se extinguieron y porque sería negar la historia y descalificar a quienes con su aporte patriótico la construyeron. Se podrá enriquecer con la inclusión de nuevos descubrimientos o aportes, pero jamás negarla. Los hombres pasan, las instituciones persisten. Atacarla para debilitarla, y en el peor de los casos extinguirla, es como atacar la institución fundamental en una sociedad organizada: la familia, para evitar y extinguir sus descendientes. 

¿Se puede resolver la inseguridad ciudadana, pensando solo en la reforma estructural del cuerpo policial?. Es seguro que no, aceptarlo sería otro reduccionismo. Para resolverla es necesario tomar a la seguridad como una cuestión de estado, comprometiendo recursos económicos al servicio de un trabajo inter y multidisciplinario, con roles bien definidos e instituciones preparadas para la consecución de los objetivos de corto, mediano y largo plazo. La prevención no es solo tener a la policía en la calle, es además, la posibilidad de integrar a los sectores más postergados facilitándoles el acceso a una mejor calidad de vida, por medio de ofertas convincentes para lograr que emigren de aquellos ambientes sub culturales o contra culturales que los llevaron a la criminalidad. El compromiso interministerial entonces, será determinante.

Expresiones como policía de Buenos Aires II, comunal, distrital, departamental, de seguridad vial, cientìfica, de investigaciones, residual, etc. no son más que simples denominaciones que inducen al error de interpretación; la única verdad es que son todos policías en el ámbito de la provincia de Buenos Aires. Nosotros, los retirados, también.

Hoy, como ayer, hemos hecho de nuestro centro de oficiales retirados un ámbito de estrechez espiritual, melancólico y fosilizado donde predominan las  trivialidades, las disputas internas, o el tedioso recital de anécdotas pasadas con que alimentamos el ego, ámbito donde hipócritamente reivindicamos el pasado que solo tiene que ver con nuestras generaciones, en suma; con nosotros, únicos y excluyentes. Un almuerzo bien regado y una larga sobremesa no alcanza para disimular las necesidades de una conducción ejecutiva, expeditiva y sobre todo comprometida en la defensa de los intereses de los asociados, más aún desde la última modificación del estatuto a partir de la cual tiene facultades cuasi sindicales. No conozco la excusa o manipulación por la cual no se ha hecho la presentación formal ante los organismos pertinentes para que la facultad no devenga abstracta.

Seguimos dando muestras de un personalismo anacrónico que nos dispersa, con lo cual la cohesión es una utopía. Si fuera posible cada uno de nosotros edificaría su propia organización, desde la cual – independientemente de los fines solidarios que se puedan argüir – alimentar la ambición y construir poder.

Hoy vale decirlo, además del centro de retirados, contamos con el consejo permanente de comisarios generales, el círculo de jefes y oficiales, el círculo de suboficiales y tropa, la asociación profesional de policías de Buenos Aires (APROPOBA), el centro mutualista de retirados policiales (CEMURPO) y un pretendido sindicato, SIPOBA.  Es hora de pensar en sumar y no en dividir. Particularmente defiendo la idea de una organización única colegiada, al mejor estilo de los países desarrollados, que nos contenga a todos y donde sea posible el ejercicio democrático del debate de las mejores propuestas. Terminar con los burócratas y con el gatopardismo.

Tenemos que asumir los desafíos de la hora actual con inteligencia y acabar con la crítica reiterativa, endeble y exasperante buscando culpables en los demás. Toda pretendida intromisión encontrará un límite; el que nosotros podamos marcar si somos capaces de reconocernos como aptos para emprender el desafío de unir la fuerza moral, manejar el sentido de la oportunidad, y sobre todo demostrar que no somos más de lo mismo, que hemos construido una organización fuerte, pluralista, ágil, solvente y cohesionada, irreprochable, con marcada tendencia a los pronunciamientos corporativos más que a las declamaciones esporádicas e intrascendentes. Quien hizo mejor lectura del futuro fue sin dudas APROPOBA, ejemplo de democracia participativa intra institucional. Ha comenzado – hace años - a recorrer el largo camino de la sindicalización policial, objetivo superior que tarde o temprano alcanzará. Nadie nos reivindicará si no estamos dispuestos a reivindicarnos a si mismos. El secreto está en encauzar de la mejor manera toda nuestra energía positiva para encaminarla hacia la conquista y reafirmación de derechos que hasta ahora se nos niegan. Es una tarea de todos, de nadie en particular.

Será difícil, por no decir imposible, instalar el debate acerca de una autocrítica pública de carácter institucional, sería un acto de grandeza al que no estamos acostumbrados, de todas maneras nos la debemos y se la debemos a la sociedad; por ello, tarde o temprano se tendrá que hacer para lo cual deberemos vencer nuestra natural tendencia a la negación de todo aquello que se parezca a un examen de conciencia. Admitir que esta actitud puede ser enriquecedora, pero por sobre todas las cosas reparadora en términos de contribuir al futuro, es también un gesto de humildad.

No hacerlo, definitivamente implicará perder una nueva oportunidad histórica que nos aleja más de la tan ansiada reconciliación socio-policial; no debemos ni podemos ignorar  que fuimos en gran parte los artífices de las vicisitudes que debió soportar la institución, y ésta verdad aunque relativa, no admite excusas y mucho menos exculpación. Mal que nos pese, fuimos gerenciadores y administradores de la vieja policía con todas sus prácticas viciosas y también con sus virtudes. Hay que asumir la responsabilidad si es que todavía nos queda un ápice de integridad, pues la historia se hace entre todos. En ésta línea de pensamiento sostengo y reafirmo que esclarecer el pasado asumiendo las culpas, sería el mayor aporte que podamos hacer para las actuales y venideras generaciones de policías. No podemos ni debemos mirar para otro lado, ellos también comenzaron como nosotros, hagamos votos para que no terminen igual.

Algunos de quienes hoy ocupan la titularidad de los organismos en ésta nueva policía, fueron nuestros oficiales subalternos que han dado muestras de entereza profesional; asimilaron el pasado, se comprometieron con el presente y están construyendo el futuro, el mismo futuro que a nosotros – los retirados – poco nos importa. Es una obligación de jerarquía superior pensar y no olvidarse de ellos. No fueron responsables de la vieja policía, ni de su desprestigio, pero estuvieron en ella cumpliendo nuestras ordenes. Soportaron estoicamente el proceso de transformación que los obligó a reciclarse y están poniendo lo mejor de sí al servicio del interés general, incluso del nuestro. Hoy están estigmatizados, pero el éxito de ellos producirá efectos reconfortantes para todos. El resto descartable, corrupto, delictual, se irá solo; a su casa en el mejor de los casos, o a la cárcel en el peor. Policías de verdad, quedan muy pocos, ¡hay que cuidarlos!!!

Me consta que todo esto no les ha resultado sencillo, sus dudas con lo desconocido, el sentimiento de inseguridad e inestabilidad que genera toda iniciativa de cambio y el temor a convertirse en residuos contaminantes, no alcanzaron para doblegarlos por el contrario, les sirvió para revalorizar mandatos de la virtud y los valores, y sobreponerse definitivamente a éstas contrariedades. Han hecho gala de un prudente silencio, el de la reflexión.

Nunca como ahora, el pasado es también presente y futuro.

Nos enseñaron y enseñamos a volar pero no a mantener el vuelo, un vuelo corto que siempre termina chocando contra lo más bajo del espectro. Ese fue sin saberlo nuestro mayor desafío, el de convivir por largos años en la vulgaridad anti humanística  sin que ésta se llevara puesta nuestra dignidad. Convivimos con ella, la aceptamos como hábitos de vida y al final claudicamos; no lo logramos, fuimos ampliamente vencidos por ella. La dignidad, los principios y las convicciones de duelo, quién sabe en qué obscuro intersticio de nuestro costado más miserable.

El marco teórico en la formación del hombre es nada más que un recurso intelectual, el marco moral la esencia de ese mismo ser.

 

HUGO ALBERTO VACCAREZZA

19-03-16.

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SERÁ CAMBIO O SOLAMENTE JARABE DE PICO…?, Nota de JESÚS SCANAVINO, Secretario de Organización de APROPOBA

 

SERÁ CAMBIO O SOLAMENTE JARABE DE PICO…?

 

Cada vez que los políticos hablan de recuperar la seguridad, la población se ilusiona y los policías temblamos. Hace mucho que los políticos, especialmente los candidatos, hablan de seguridad, prometen y una vez ungidos hacen todo lo contrario. Por lo menos 15 años de mentiras. La irrupción en la vida política del PRO integrando la alianza “Cambiemos” pareció ser distinto y nos ilusionó a todos. A civiles y a policías. Seguramente el antecedente del PRO en la ciudad Autónoma de Bs As con la formación de una nueva policía, bien entrenada, bien paga y por sobre todas las cosas bien tratada, nos convenció que esta vez sí se produciría el ansiado cambio en materia de seguridad, ya que estas tres condiciones son indispensables y previas a cualquier plan o política de seguridad que se pretenda implementar.

Durante más de una década sucesivos gobiernos peronistas/kirchneristas se dedicaron pertinazmente a destruir la organización policial con la excusa de supuestas reformas, y a modificar la ley procesal, convirtiendo el aceptable nivel de seguridad de fines de los años `90 en una verdadera batalla campal entre delincuentes, vecinos y policías. Hasta hoy siempre ganaron los delincuentes. No podía ser de otra manera. Legisladores peronistas, radicales, del GEN, de la CC, etc., todos unidos, levantaban la mano en la legislatura para aprobar cuanta ley se proponía para recortar atribuciones a los policías, para restarles derechos cívicos y a la vez para ampliar beneficios a los delincuentes, cada vez más, como siempre lo hemos advertido desde APROPOBA. Se olvidaron que los policías de carne y hueso eran los encargados de hacer cumplir la ley, y que los delincuentes eran aquellos a los que los policías debían someter al imperio de la ley, para que los ciudadanos puedan vivir y desarrollarse en paz, con seguridad. La policía fue vencida por la delincuencia sobreprotegida por el propio estado.

La provincia de Bs As tiene la fuerza policial más grande, numerosa y más compleja, con la misión de brindar seguridad al territorio más extenso, con alta densidad demográfica y el más alto nivel de conflictividad social. En el medio de esta enorme guiso hirviendo están los policías, tratando de contener el rebalse que puede motivar uno de los principales condimentos, la seguridad. Quién no entienda que en estas condiciones siempre va a existir algún conflicto o algún hecho negativo que involucre a policías, respetuosamente opinamos que tendría que ir pensando, seriamente, en dedicarse a otra cosa. Y si no enfrentan responsablemente a cierto gataflorismo periodístico, que eternamente están en contra de las fuerzas policiales –tiro por elevación al gobierno-, más vale que se resignen a administrar la crisis.

El gobierno debe estar sereno y esperar siempre casos de corrupción en la fuerza. Pero debe ser implacable ante el menor hecho que se verifique. Los jefes deben volver a tener autoridad moral, requisito indispensable para conducir; es más, todos deberían ser calificados y seleccionados para el ascenso, y eventualmente premiados con dinero, según su desempeño en la erradicación de este flagelo.

¡Doce años mintiendo al pueblo!

El último gobernador, Daniel Scioli, al asumir prometió públicamente un “abordaje integral” de la problemática de seguridad. Que iba a premiar y apoyar a los buenos policías y a castigar a los malos. No cumplió nada. Mintió a todos todo el tiempo.

La flamante gobernadora Sra. María Eugenia Vidal, a quién le hemos dado un voto de confianza esperanzados en un cambio verdadero, tiene la oportunidad de aglutinar detrás suyo a toda la fuerza policial, incluidos los retirados de quienes todavía no se advierte ni valora el rol importante que pueden tener en futuros planes de seguridad serios, que devuelvan la tranquilidad al pueblo bonaerense. Pero primero lo primero:

¿Cómo se puede decir al pueblo que les preocupa la inseguridad cuando los encargados de velar por la vida, bienes, honra y derechos de los vecinos tienen el sueldo más bajo de la administración provincial, y además, en una actitud inexplicable de soberbia, ni siquiera se los escucha? Ni hablar que a los retirados se nos robó parte del sueldo violándose la ley de la Caja de Retiros. ¿No se dan cuenta que si empobrecen al policía retirado, muchos de los que están en actividad tratarán de asegurarse su bien estar por otros medios?

El nuevo gobierno primero debería sacudirse de encima los parásitos y los vividores que a todo le ponen ideología. La seguridad, como la salud, la justicia y la educación no tiene ideología. Y hay varios que habiendo perdido las elecciones, ahora pretenden imponer programas a cambio de apoyo legislativo. Programas vetustos, impregnados de ideología barata, que pretenden sembrar incertidumbre y miedo, presentando a los uniformados como los culpables de todos los males. Es el pensamiento arslaniano que llega por interpósitas personas, como Felipe Solá, pretendiendo doblegar a quienes deben decidir el futuro de la fuerza policial más importante y más antigua del país.

Tratar los salarios policiales en un pie de igualdad con los restantes gremios y ubicar al sueldo del policía entre los más altos de la administración. Y pagarle todo lo que se les debe a los uniformados, en actividad y retirados. No es ético ofrecerles como mejora, el aumento de los adicionales; Eso es mandarlos a trabajar en horas de descanso. Una falta de respeto!!!

Si verdaderamente pretendemos recuperar la seguridad perdida ya hace 20 años debemos sincerarnos y modificar la realidad de hoy. En nuestra provincia la policía tiene prohibido realizar tareas que son esenciales para la prevención y detectar delincuentes en la etapa pre-delictual.

Por ejemplo pedir documentos a un sospechoso. La policía no lo puede hacer. ¿Cómo es posible que el policía no deba conocer la identidad de un sospechoso? Tampoco puede interrogar a un delincuente. ¡Solo en este país puede ocurrir semejante despropósito!

El policía para verificar el interior de un baúl de un vehículo sospechoso que puede llevar armas, drogas, un secuestrado, un cadáver, etc., debe requerir previamente autorización judicial. Una ridiculez sin parangón. Semejante disparate es parte de las “importantes” reformas de los 12 años de gobiernos previos. Y si no se comienza por pulverizar estas medidas supuestamente “garantistas” que solo garantizan el libre e impune accionar de la delincuencia, seguiremos teniendo una policía hemipléjica. Y si no se da una solución definitiva en materia salarial que incluya a los retirados, que son el espejo donde los activos miran su futuro, la ética policial, la decencia, la vocación de servir, los ideales, todo en forma progresiva se lo terminará devorando la corrupción. La corrupción seguirá existiendo porque está instalada en el poder, en la política, que es donde más segura se siente, pero con una policía sana la justicia podrá combatirla, como en otras partes del mundo. Como lo acabamos de ver en Brasil.

Otro asunto a considerar seriamente debería ser el ingreso a la fuerza. En los tiempos en que, según la prensa y algún sector político ya conocido, la policía era mala, se privilegiaba la vocación de los postulantes, los ideales, los valores y todo ello se exaltaba en los institutos de formación. La policía tenía prestigio y sus integrantes eran personas que gozaban de la confianza de la población, a pesar que eran pocos los que tenían estudios secundarios. La policía no fue nunca ni debe ser una fuente de trabajo. La policía debe discriminar a sus aspirantes. Debe seleccionar siempre a los mejores. No se debe permitir que la politiquería demagógica la utilice para necesidades electoralistas, como se vino haciendo hasta estos días. Como lo ha hecho descaradamente el ex gobernador Daniel Scioli.

Los policías de la provincia apoyamos a nuestra gobernadora. El grueso de la fuerza, consciente de la gravísima situación económica y financiera de la provincia, de lo que todos estamos bien informados, sabemos de lo difícil de la situación y en general estamos dispuestos  a esperar pero en igualdad de condiciones al resto de la administración. Y reclamamos que “el cambio” para bien, también llegue de una vez al componente humano de la fuerza, a toda la familia policial. En primer término, la convocatoria a reunión a la dirigencia de nuestra Asociación Profesional de Policías de la Pcia de Bs As (APROPOBA).

Marzo 13 de 2016

 

JESUS EVARISTO SCANAVINO

Comisario (ra)

Secretario de Organización de APROPOBA

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